Por UTA

Decía Carlos Varela que la política no cabe en la azucarera y, desde luego, tampoco debería tener espacio en el universo deportivo, donde, se supone, impere un ambiente de fraternidad y camaradería en el que poco importan ideologías, diferencias culturales o posicionamientos divergentes ante los problemas globales. Pero resulta que no, que las cuestiones políticas, esas que impulsaron el desarrollo masivo de prácticas de dopaje en la Alemania Oriental para demostrar la superioridad de sus atletas respecto a los de Alemania Occidental y convirtieron los duelos deportivos en asuntos de Estado, volvieron a marcar la edición mundialista de Eugene 2022.

World Athletics, alineada con la política de sanciones impuesta por Occidente a Rusia y Belarús como respuesta al conflicto militar en Ucrania, vetó la participación de los atletas de esas naciones en el mundial norteamericano. La medida recibió el aplauso de atletas ucranianos como la saltadora de altura Yaroslava Mahuchikh, gran rival de su “ya no idolatrada” Mariya Lasitskene en la final olímpica de Tokyo, o la corredora del relevo largo Anastasia Bryzhgina, quien declaró que “Las atletas rusas ya no son mis amigas” y, junto a otros representantes de su país, no solo ha apoyado la exclusión de sus pares rusos y bielorrusos, sino que han exigido de estos una condena expresa a las acciones de las tropas rusas en Ucrania, una petición que es compartida por muchas figuras dentro de World Athletics.

Todo este panorama pone sobre el tapete grandes preguntas:

¿Por qué no se exigió lo mismo a otros deportistas en situaciones similares? ¿Por qué, para citar un ejemplo concreto, WA no aplicó en Eugene el mismo rasero a los atletas de Arabia Saudita como respuesta a los bombardeos de esta nación sobre territorio yemenita? ¿Importa a alguien que grandísimas figuras de la historia del atletismo apenas hayan podido escuchar su himno, envolverse en su bandera, verla ondear recortada contra el cielo con toda la connotación emotiva que ello tiene?

Contradictorio resulta, por demás, que World Athletics recoja en sus rankings las marcas hechas por atletas rusos y bielorrusos después de su veto, que Sidorova, casi en paralelo con la final mundialista de la garrocha, haya saltado en su patria un 5.86 que supera por un centímetro la marca ganadora en Eugene y constituye lo mejor de la temporada. Y para los que crean que es hacer demasiado ruido por solo dos atletas ausentes (Lasitskene y Sidorova), vale recordar que, pese a lo poco que han competido este año rusos y bielorrusos, a las sanciones previas por el encubrimiento de RUSADA al famoso doping masivo de los atletas rusos y la evidente desmotivación ante la imposibilidad de ser mundialistas, sumaban más de una veintena los deportistas de estos dos países que consiguieron las marcas mínimas para estar en Eugene y varios de ellos partían con opciones reales para luchar por medallas. ¿Es ético imponer a estos atletas un posicionamiento político o ideológico? ¿No bastaba acaso con dejar competir a rusos y bielorrusos sin bandera, como han hecho las mucho más sensatas ATP y WTA en el circuito mundial del tenis?

Y justo las palabras sin bandera pueden servir para clasificar a algún que otro atleta y no hablo del equipo de refugiados (presencia testimonial en Eugene) que al fin y al cabo compiten al amparo de WA. Acostumbrados a ver como cada atleta merecedor de una medalla corre hacia las gradas para que le alcancen la enseña nacional y recorrer con ella la pista del estadio, resultó chocante la imagen sin estandarte de la campeona de los 3000 con obstáculos Norah Jeruto, kenyana de origen y kazaja tras adquirir la nacionalidad del club en el que recalara junto a otros connacionales. Corriendo solo con su medalla, sin ese pedazo de tela significativo en el cual puedes sentir el abrazo de una nación, Jeruto festejó su incuestionable victoria lanzándose al agua del foso en una imagen inolvidable en su polisemia (mercenarismo, hedonismo, el empeño personal por encima de lo identitario). Pero esta Norah sin bandera, primera gran figura negra de un deporte kazajo marcado por los éxitos de deportistas con rasgos asiáticos o europeos, es apenas la punta del iceberg de un fenómeno que ha devenido práctica común en el universo atlético: los cambios de nacionalidad de los atletas. En los años noventa, tras el desmoronamiento del campo socialista, no fueron pocos los competidores del este europeo y, especialmente, del ámbito exsoviético que cambiaron de aires y baste citar los ejemplos del garrochista bielorruso Dmitri Markov, devenido australiano, o la vallista rusa Lyudmila Narozhilenko, convertida en sueca, o recordar que alguno unió al cambio de nacionalidad el de nombre, tal fue el caso de la saltadora de altura rumana Astafei que al convertirse en alemana trocó Galina en Alina. En tanto, por esta misma época se hizo notorio el éxodo de decenas de atletas nacidos en África que fueron a enriquecer el palmarés de naciones europeas, Estados Unidos y de las monarquías ricas en petrodólares del Golfo Arábigo Pérsico. Hoy en día, la tendencia no parece revertirse y hacer un recuento de todos los medallistas de Eugene que, como Jeruto, no nacieron en los países que ahora representan haría infinito este trabajo, por lo que prefiero contar brevemente una anécdota sobre otra destacada figura del atletismo mundial que ya vio pasar sus momentos cumbre y me refiero al multimedallista europeo y mundial Ramil Guliyev. Velocista nacido en Azerbaiyán, país cuyos récords nacionales de 100 y 200 aún ostenta, Guliyev se nacionalizó turco y con esa nacionalidad llegaron sus mayores triunfos, los que siempre celebró portando una gran bandera roja con la medialuna y la estrella blancas, pero llevando también otra más pequeña con los colores azeríes. Dos símbolos contrastantes: Jeruto el de la indiferencia, el desarraigo, la soledad; Guliyev el del alma dividida, la integración no exenta de nostalgias.

Otras banderas, con su inesperada aparición, recordaron al público que el de Ucrania no es el único conflicto que asola nuestro planeta. Tigray, un oscuro rincón de Etiopía que ha vivido años de enfrentamiento armado entre las milicias secesionistas y las autoridades etíopes, se hizo presente tras el triunfo de Gudaf Tsegay en los 5000 metros para damas. Un hombre corrió a abrazar a Letesenbet Gidey, quinta clasificada en la prueba y recordista mundial de 10000, así como a la flamante campeona, ambas etíopes, ambas originarias del montañoso Tigray cuya bandera llevaba al cuello el señor Mekonen empeñado en abrazarlas, ambas sin tener noticias tiempo ha de sus familias, ambas felicitándose entre sí, un poco ajenas a la también etíope Dawit Seyaun, medallista de bronce. El señor Mekonen pronto fue retirado de las pistas, pero en las gradas pudo verse tímidamente alguna que otra bandera de Tigray y por unos minutos Hayward Field fue el espacio de visión para el que desde ya ha vuelto a ser un oscuro rincón en la frontera entre Eritrea y Etiopía donde silban las balas y los muertos por la guerra no tienen ojos azules.

Otras banderas tuvieron un carácter mucho más local y es que varios de los representantes de los Ducks, el equipo de atletismo de la Universidad de Oregón, pese a representar a otras naciones, compitieron virtualmente como locales, aunque a alguno, más que un incentivo, este apoyo pareció presionarles, como ocurrió con la velocista jamaicana Kemba Nelson, incapaz de meterse en la final de los cien metros y a quien los jamaicanos responsabilizaron a tal punto con el segundo lugar del relevo corto que la chica decidió cerrar su cuenta de Twitter y tal vez hasta agradecerá que la bandera de los “Patos”, no acompañe su accionar en los venideros Juegos de la Mancomunidad de Naciones a disputarse en Birmingham.

En fin, amén de las grandes caídas, las desafortunadas lesiones, las sorpresas y los triunfos, Eugene fue un mundial que muchos aprovecharon para plantar bandera o, por contra, demostrar que en la vida también se puede prescindir de ellas.