Tokio ya corre para escribir sus historias, y quiero aprovechar el inicio del Mundial para compartir una reflexión muy personal, que quizás ayude a entender muchas de las cosas que han sucedido —y seguirán sucediendo— con los atletas cubanos. (y quizás con tantos otros en el mundo pero lo que nos ocupa en este minuto es nuestra realidad)
El atletismo mundial cambió radicalmente con la gestión de Sebastian Coe. Aquellos tiempos de marcas mínimas A y B, que permitían el acceso a muchos atletas, terminaron. Hoy se impone una mínima única, que año tras año se endurece, otorgando todo el protagonismo al ranking de World Athletics. Este esquema de clasificación —basado en puntos, categorías y consistencia en circuitos internacionales— ha cerrado muchas puertas: ahora se necesita jugar con inteligencia, planificación y recursos económicos.
Cuba aún no se entiende con este sistema. Y es que desde tiempos inmemoriales, la lógica había sido que hay que lograr una gran marca para llamar la atención de los organizadores y poder salir de gira. Quien entiende el atletismo desde dentro sabe que esta necesidad ha afectado la preparación y el rendimiento de muchos de nuestros atletas. El triple salto es un ejemplo claro: cada año, grandes marcas iniciales en La Habana y luego la acusada sequía de resultados en el momento crucial de la temporada. En cambio, cuando esos mismos cubanos se radican fuera del país empiezan a mostrar resultados distintos: no necesariamente son mejores, pero son la consecuencia de que pueden enfocarse en rendir al máximo en el momento correcto.
Hoy, la situación se ha intensificado con la comercialización brutal del deporte. El éxito no se puede garantizar, porque muchos atletas pasan la temporada a trompicones, buscando oportunidades sin certezas que les permitan planificar el camino hacia un objetivo. A menudo, no pueden considerar el Mundial como meta central; este termina siendo solo la consecuencia de sus actos de toda una temporada. Esto desgasta física y mentalmente, y año tras año se sedimenta, limitando que los atletas desarrollen ambiciones mayores más allá de “salir de Cuba”.
En ello no quiero restar responsabilidad a la parte humana: al atleta que debe asumir sus decisiones, sentir y actuar como un verdadero profesional de un deporte que exige sacrificios constantes y una inversión completa en sí mismos. El talento sin disciplina, enfoque y compromiso consciente rara vez alcanza la cima; el alto rendimiento demanda elegir cada día entrenar, cuidarse y superarse, incluso cuando nadie mira.
Mientras el mundo se organiza con calendarios claros, preparación científica y estrategias comerciales, muchos de nuestros atletas viven su temporada al azar: tratando de enganchar un resultado, buscando oportunidades, improvisando sobre la marcha. Salir del país no siempre significa mejorar ni encontrar mejores oportunidades; pero es irremediablemente una salida a la presión de “sobrevivir” en un sistema deportivo que se hace insostenible y que, por consiguiente, ofrece cada vez menos garantías.
Los últimos pasajeros de estas expediciones sufren lo anterior especialmente: no siguen una preparación adecuada para rendir en un Mundial porque se desgastan solo intentando llegar. Sin un plan real, con objetivos claros y estratégicos, los atletas se ven obligados a sobrevivir en lugar de trascender. Todos los días no salen atletas como Yarisley Silva, que con casi nada alcanzó a conquistarlo todo; su historia confirma que el talento y la mentalidad adecuada pueden marcar la diferencia. Pero depender de milagros individuales no es un modelo sostenible.
Como me dijo Serguei Torres en su magistral disertación en el episodio que le dedicamos en Pidiendo Pista, en el deporte de alto rendimiento no hay lugar para la improvisación: todo se planifica y todo se ejecuta milimétricamente. Aquellos tiempos de “echarle huevos” pasaron. Hoy, el mundo trabaja con precisión, y esos coj… de antaño solo hacen la diferencia si estás respaldado por buenos registros durante todo el año. En esa ecuación hay de todo: psiquis, preparación, dinero, estrategias… pero nada, absolutamente nada, es obra de la casualidad.
Fallamos en el intento de subsistir más allá de existir. La preparación para el alto rendimiento exige visión, recursos, planificación y constancia. Todo esto tiene un costo, pero si seguimos haciendo lo mismo, cada temporada estaremos más lejos de la meta, alejándonos de la posibilidad de trascender en el escenario mundial.
Las estrellas nacen, pero también se construyen. El talento existe, pero hay que cultivarlo, darle forma, crear condiciones y propiciar enfoque.
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