Hay noticias que uno quisiera no tener que contar. Y las relacionadas con deportistas que abandonan delegaciones nacionales, se desvinculan de sus equipos o deciden continuar sus caminos fuera del país son, sin dudas, algunas de ellas.
La más reciente tiene como protagonistas a varios judocas cubanos que, después de competir en el Abierto Panamericano de Florida, habrían decidido no continuar con la delegación nacional.
Jonathan Charón, Lianet Cardona y Dayanara Curbelo fueron los primeros nombres que trascendieron. Los tres habían subido al podio: Charón conquistó el oro en los 60 kilogramos, mientras Cardona, en los 78 kg, y Curbelo, en más de 78 kg, consiguieron medallas de plata.
Después se sumó a los reportes el nombre de Orlando Polanco, campeón de los 66 kilogramos en ese mismo torneo. De confirmarse su salida, serían cuatro los judocas que dejaron la delegación en Florida. Por ahora, las informaciones disponibles proceden de fuentes no oficiales y no se conoce una comunicación institucional que aclare todos los detalles.
No hablamos de deportistas que llegaban al final de sus carreras ni de nombres sin recorrido internacional. Son atletas jóvenes, con resultados, experiencia y proyección. Algunos habían conquistado medallas en campeonatos continentales y regionales; otros estaban llamados a desempeñar un papel importante en el presente y el futuro de su disciplina.
Y esto ocurre apenas unos días después de conocerse la salida de Yusneylis Guzmán, subcampeona olímpica de París 2024, quien abandonó la delegación cubana durante una escala en México, cuando el equipo viajaba hacia Brasil para realizar una base de entrenamiento.
Son historias que golpean. Que producen tristeza. Porque detrás de cada atleta hay años de preparación, sacrificios personales y familiares, entrenadores, madrugadas, competencias y una carrera que también forma parte de la memoria deportiva de este país.
Pero sería demasiado sencillo quedarnos en el lamento, cuestionar decisiones individuales o convertir cada partida en un debate sobre lealtades.
Hay que mirar a Cuba. A la Cuba de hoy. A la realidad que condiciona la vida de millones de personas y que tampoco deja al deporte al margen.
Porque cada día parece más difícil completar un sueño, encontrar los caminos para conseguirlo y, sobre todo, tener la posibilidad de vivirlo. Mantener la ilusión, encontrar fuerzas para seguir adelante y proyectarse hacia el futuro se ha convertido en un ejercicio extraordinariamente complejo en muchos ámbitos de la vida.
El deporte no es una excepción.
Y lo que hemos visto durante 2026 obliga a tomar distancia del titular aislado. En julio, nueve de los doce integrantes de una delegación cubana de canotaje no regresaron de Canadá. Durante los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo se reportó la salida de cinco deportistas: representantes del hockey, el remo, el softbol y la esgrima. En mayo, los boxeadores Dairo Girado y Julio Galloso abandonaron la delegación durante una escala en España. En octubre, los pesistas Yeniuska Mirabal y Yorelvis Machado se desvincularon del equipo en México.
Ahora el judo vuelve a poner el asunto sobre la mesa. Y no podemos ignorar tampoco la dimensión de la salida reportada de una medallista olímpica como Yusneylis Guzmán.
No son episodios aislados dentro de una temporada. Son señales de un fenómeno que atraviesa disciplinas, generaciones y niveles de resultados deportivos.
Cuba ha vivido durante décadas situaciones de este tipo. No estamos ante un fenómeno nuevo ni podemos desconocer sus antecedentes. Pero sería un error analizar lo que ocurre hoy con los argumentos de siempre, sin reconocer que las circunstancias actuales tienen un peso determinante.
La crisis económica, la escasez, las dificultades energéticas, las limitaciones financieras y el recrudecimiento de las restricciones estadounidenses condicionan profundamente el desarrollo de cualquier actividad. El deporte no puede escapar de esa realidad. Prepararse, viajar, adquirir implementos, sostener programas de entrenamiento y competir al máximo nivel requiere recursos que hoy son cada vez más difíciles de garantizar.
Pero reconocer los condicionamientos externos no significa renunciar a examinar nuestras propias responsabilidades. También hacen falta respuestas, creatividad, capacidad de gestión y nuevas maneras de insertarnos en un mundo que ofrece oportunidades, incluso en medio de las dificultades.
Porque hay algo que preocupa tanto como la salida de los atletas: el deterioro de las condiciones que deberían garantizar que otros puedan llegar.
Y aquí es donde la conversación debe cambiar de dimensión.
En julio de 2025 se conoció un dato revelador: las Escuelas de Iniciación Deportiva Escolar (EIDE) perdieron 30.514 estudiantes durante el curso 2024-2025. La matrícula pasó de 367.380 a 336.866 alumnos, según el informe presentado por el presidente del INDER ante la Asamblea Nacional.
No estamos hablando de una simple estadística escolar. Estamos hablando de la cantera. De la base. De ese proceso que durante décadas permitió descubrir talentos en los barrios, las escuelas y las áreas deportivas, acompañarlos en su desarrollo y convertirlos, después de mucho trabajo, en atletas de selección nacional.
Esa fue una de las grandes fortalezas del deporte cubano: su pirámide.
Hoy, cuando los recursos son cada vez más escasos, la continuidad de los procesos de captación, formación y desarrollo de talentos enfrenta dificultades que merecen un análisis mucho más profundo. No basta con sostener, como se pueda, las selecciones nacionales y sus compromisos internacionales si se debilitan los espacios donde comienza todo.
Una selección representa el resultado de un proceso. No puede sustituirlo.
Una medalla puede ser el resultado de años de trabajo. Pero ningún medallista aparece por generación espontánea.
Detrás de cada campeón hubo una escuela, un entrenador, una competencia, una familia, una instalación y una estructura que hizo posible su crecimiento. Cuando esas conexiones se rompen, el problema deja de ser individual y se convierte en una amenaza para el futuro.
¿Cómo imaginamos entonces un movimiento deportivo próspero si se debilitan los cimientos que hicieron posible su grandeza?
No se trata de desconocer las dificultades que impone el contexto internacional ni las consecuencias de las políticas de Estados Unidos. Se trata también de preguntarnos qué más podemos hacer desde dentro: cómo aprovechar mejor los recursos, construir alianzas, abrir oportunidades, encontrar alternativas y evitar que la formación deportiva dependa exclusivamente de condiciones que hoy no están garantizadas.
La historia del deporte cubano demuestra cuánto puede conseguirse cuando existe una estructura capaz de identificar y desarrollar talento. Preservar esa conquista requiere algo más que recordar sus resultados.
Lima 2027 está cada vez más cerca. Los próximos Juegos Panamericanos, previstos del 16 de julio al 1 de agosto, pueden convertirse en un examen que desnude muchas de nuestras carencias. Y Los Ángeles 2028 representa un horizonte todavía más exigente, sobre el que habrá que detenerse en otro momento.
No se trata de dar por perdido el futuro. Se trata de comprender que el futuro no se improvisa.
También hay que entender que los atletas son personas. Tienen derecho a imaginar una vida diferente, a buscar oportunidades y a intentar realizarse. Detrás de una decisión de esta naturaleza puede haber muchas razones. No siempre las conocemos, y no nos corresponde inventarlas. Pero ninguna reflexión seria debería ignorar el contexto en el que se producen.
Quizá la pregunta no sea solamente por qué tantos deportistas deciden marcharse. Quizá debamos preguntarnos qué estamos haciendo para que los que vienen detrás encuentren razones, condiciones y motivos para quedarse; para que puedan crecer, competir, soñar y sentir que su esfuerzo tiene un horizonte.
Porque perder a un atleta duele. Perder una generación preocupa. Pero perder la capacidad de formar a la generación que viene detrás puede ser todavía mucho más grave.
Un país no puede vivir eternamente de lo que fue. Y un movimiento deportivo tampoco puede construir su mañana únicamente con los recuerdos de sus campeones.
El talento cubano sigue ahí. La pregunta es si estamos siendo capaces de ofrecerle un futuro.
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