Por Arley Puyol Álvarez DEPORTES 29 Diciembre 2022
Fotos: Michel Guerra

A Alain Román lo seleccionaron como mejor atleta de deporte colectivo de 2022 en Ciego de Ávila y Cuba.
Cuando al niño Alain le preguntaban qué quería ser de grande nunca dijo softbolista.

A falta de un año para que la Mayor de las Antillas regresara al Mundial de Softbol, después de 34 de ausencia, Alain Román González entró al quirófano y las probabilidades de volver a encontrar un receptor enfrente eran nulas. Pero el doctor Roberto Balmaseda cambió el título de galeno por el de ángel. Esa era la única manera de volver a encaramar a Alain sobre el box.

Se había lesionado en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Barranquilla 2018, cuando lanzó todos los partidos y haló al equipo Cuba hasta lo más alto del podio. La paradoja de ganar y no poder celebrar se tradujo en una hernia discal.

A unos tres meses de la cita de República Checa 2019, en el campeonato cubano, Román hace el «remolino» 14 metros del home, desde donde sale un batazo que le quiebra un hueso de su mano derecha junto a la aspiración de vestir la camisa de las Cuatro Letras.

“Con brazo o sin brazo vas lanzar”, escuchó de la dirección del equipo. Era una batalla de empecinamientos. Consultó al doctor. Retiró el yeso. “Fue un sueño adolorido”. El costo para ganar tres partidos, más allá del décimo puesto general. La deuda entonces fue entregarle una medalla por lo que tiene en la entrepierna.

Y ni siquiera era la primera vez que burlaba imposibles. Ni la segunda ni la tercera que se reía a su antojo de las necedades, de lo quimérico y de cuantos sinónimos admita la Real Academia Española.

Cuando al niño Alain le preguntaban qué quería ser de grande, probablemente entre sus respuestas estuvo ser ranchero, veterinario o cura. Nació en el municipio Yateras, a unos 130 kilómetros de la ciudad de Guantánamo, distancia que ni en caballo ni en yunta de bueyes podía recorrerse hasta un parque de diversiones. Ser softbolista nunca fue la opción en una familia tan “antideportiva” como de vocación cristiana y revolucionaria.

“Mi niñez fue sana, de campo, de aquellos tiempos en que celebraban muchísimo con los niños las fiestas de los Comités de Defensa de la Revolución y del 26 de Julio. También me acuerdo de los Días de las Madres, lo impresionantes que eran, cómo todos nos reuníamos para regalarle a mamá y a abuela”.

La mamitis, precisamente, lo alejó aquellos ciento y tantos kilómetros de su hogar. Para que saliera de abajo de la falda de mamá y a estudiar lo enviaron a vivir en casa de una tía, en la capital de la provincia. Había que buscar la escuela de mayor cercanía y brújula no hizo falta, pues a doscientos metros estaba “la de deportes”. ¿Cómo insertar a Alain sin jamás haber pateado o encestado un balón, sin conocer la textura de un guante de pelota ni el peso de un kimono en la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético?

Qué “cuento” inventaron no lo recuerda Román. Su certeza suprema es que fue obra de Dios, porque su gente era muy humilde para sobornar y tampoco gozaba de reconocimiento público. “Llegué y me cogieron cariño de gratis”. Primero lo emplantillaron en ciclismo. “Vi una bicicleta un día. No la vi más”. Cambió pedalazos por goles que nunca anotó; cero en aptitud futbolera. El softbol fue la tercera opción, la vencida. “Me gustó porque es el primo hermano del béisbol, la pasión de nosotros”.

El muchacho de 16 o 17 años no desarrollaba aún los músculos y pasaba sin agachar la cabeza por una puerta de 1.80 metro, no lucía esa silueta de barba, no era primer pícher de ningún equipo. Era el ninguneado de los juveniles de Guantánamo. En su primer campeonato de la categoría, con sede en Granma, fue a cuidar los maletines en el albergue, mientras el resto del equipo lo dejaba todo sobre la grama. Lloraba a cántaros.

Al año siguiente pasó de las lágrimas a las bases por bolas. Al menos lanzaba, mas no encontraba la zona de strike. El mánager fue al círculo a arrancarle la pelota y seguidamente al dugout a desabotonarle la camisa y decirle una frase que ni con amnesia olvidaría: “Vete, que tú no vas a ser pícher y mucho menos deportista”.

Con la cabeza abajo, cierta trabazón en la garganta e inmensos deseos de que lo tragara la tierra caminó desde la escuela provincial de softbol en Ciego de Ávila ―donde se desarrollaba el torneo― a la Escuela de Iniciación Deportiva. En el trayecto encontró, cual enviado del cielo, al entrenador de picheo de Pinar del Río, Leonardo Mena, quien escuchó lamentos y cambió el curso de los acontecimientos.

Años más tarde, Mena tomaría la palabra para hacerle saber al comisionado guantanamero que, si la provincia oriental descendía, pretendía a Román de refuerzo de los vueltabajeros en el torneo de primera categoría.

Para ese momento, inexplicablemente, Alain había mejorado el dominio de sus envíos. Lo demostró en su tercera competición juvenil y la comisión nacional lo miró con otros ojos, al punto de ser captado para la preselección nacional de mayores, después de jugar con el equipo grande de Guantánamo, que finalizó último de seis, descendió y entonces Román hizo las maletas destino a Pinar del Río, al reencuentro con un “viejo conocido”.

“Llegar allá fue un cambio muy brusco. De una punta del país a la otra fue un guantanamero que no sabía nada de otro lugar. Creo que la vida me fue formando así, desde muy joven. Las condiciones eran difíciles, vivía en el estadio, pero me acogieron con tremendo cariño, sobre todo Mena, que siempre confió en mí, me aconsejó, me dijo hasta dónde podía llegar”.

Lo que quizás nunca previeron fue que Alain se convertiría en el líder del staff, ganara seis juegos y, así y todo, a Pinar del Río no le bastara para continuar en la primera división. De nuevo a recoger los bultos e ir dando tumbos hasta Holguín, poco menos que una isla de diferencia, donde terminó implantando un nuevo récord de ponches (101) en una temporada cubana. Sí, de ponches, el mismo Alain que por falta de strikes nunca iba a ser softbolista.

Entre Pinar del Río y Holguín hubo un viaje en tren a la casa familiar, una llamada telefónica para que fuera a La Habana a que le hicieran una foto y el pasaporte, sollozos incontrolables de la madre, ser el octavo de los ocho lanzadores cubanos que volaron a Venezuela para entrenar con vistas a los Juegos Panamericanos de Winnipeg 1999, obtener 18 sonrisas en la liga profesional venezolana y no hacer el grado, más por inexperiencia que por resultados.

Regresó a Venezuela en el 2000 para lo mismo: preparación previa a un evento internacional. La diferencia fue que, al campeonato centroamericano de Hermosillo, en México, subió al avión de Cuba y al tercer escalón del podio, aunque poco al montículo. Par de años más bastaron, tal cual su progreso meteórico en el deporte de la “bola blanda”, para que, al unísono del retiro de la generación precedente, Román fuera el primer pícher de Cuba, fecha que coincide con su debut con Ciego de Ávila.

Fue la picaresca de Miguel Albán y su visión de director lo que motivó la mudanza de Alain a predios avileños y con él, la escalada del equipo a la segunda ubicación de la lid nacional, en 2002. Corrieron 365 días más o menos y Ciego de Ávila conoció la cima.

Román escupe cierta rabia al hablar de la desconfianza de algunos. “Había softbolistas que decían que los nuevos no podíamos y salir uno de la nada y ganarle a Ciudad de La Habana, que tenía nueve del Cuba, que era un equipo Cuba… Esa final la lancé y gané la triple corona”. Dos décadas después, los datos estadísticos confirman sus palabras, dichas sin autosuficiencia ni charlatanería ―que jamás asoman porque la modestia interrumpe constantemente―: “Desde entonces si no somos campeones, somos segundos. Rompí mi récord de ponches aquí, actualmente es de 147”.

Ese vaivén de títulos y subcampeonatos no se puede contar sin otro “emigrante”: Reinier Vera. Dicho por Román, un altísimo porcentaje de sus resultados como serpentinero descansan en las señas del pinareño. Es más, la prueba de fuego de Vera, en Pinar del Río, fue hacerle bullpen a la velocidad de Román; a eso lo instaron si pretendía ser cácher.

Román expresa no estar convencido de que los hechos fueran tales. Sí de que sus lances moldearon la mascota de Vera. “Reinier, aparte de ser mi amigo, es una pieza que engranó a la perfección en mi carrera deportiva. Cuando estoy sin velocidad, me dice: ‘Hoy no te gana nadie’. Y tú sabes que no estás del todo bien, pero te saca el extra. Te anima. Tuvo la posibilidad de jugar en ligas extranjeras y eso lo ayudó. Reinier es un extraclase detrás de home”.

En piloto automático, Alain conecta extranjero y amistad en una historia que desborda su nivel, fuera y dentro del estadio. Era la Copa Veracruz 2018. El equipo temible no era el de Alain, pero el de Alain, vale cuál sea, tenía a Alain. Su estrategia fue comentarle al cuerpo técnico sobre el capitán del Cuba, Yesander Rodríguez, “vendérselo” y que lo “compraran”. Los de las finanzas no cedieron ante la “mercadotecnia”. El plan B del diestro, entonces, fue pagarle de su salario a Rodríguez. “Dios te bendice al ayudar al prójimo”. Alain en el partido salió “extraterrestre” y le ganó al “mejor equipo que se podía confeccionar”. Todos en ese mejor equipo sabían que iban a perder porque el drop, un envío en recta con caída al final, a horas de la noche, es casi invisible. “La moraleja es que ellos nos valoraron más que nosotros mismos”.

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Ese drop nadie se le enseñó a Román. Naturalmente lo tiraba. De hecho, fue su único lanzamiento por indefinido tiempo, bastó inverosímilmente para éxitos y éxitos que incrementaron al incorporar el cambio, la curva, la riser. Su repertorio, no obstante, es menos significativo en comparación con ser “uno de los primeros cubanos contratados en una liga foránea”, en 2014; y también languidece ante la suma de “más de 300 ponches en la de Venezuela, ganar 30 y pico de juegos. En uno que se extendió a diez innings di 21”.

En el propio 2014, el venezolano Ramón Jones retiró a nueve por la vía de los strikes y le lanzó juego perfecto a Cuba, en las semifinales de los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Veracruz. Jones era considerado el segundo del orbe y la meta a superar de Alain. Al coincidir en un club, si Jones ponchaba a diez, Alain se proponía ponchar a 11. Si a Jones le producían una carrera, Alain buscaría colgar siete ceros. Fue así, del querer al poder. “Iniciaron las comparaciones del público, la incógnita de quién era este Alain Román. “Noté que los lanzadores de mayor reconocimiento en la prensa e Internet eran los supuestos mejores y los que primero fichaban para las grandes ligas”.

Jones no era resentido ni celoso. Recomendó a Alain al Tayrona, de Colombia. Los parangones también cruzaron la frontera. Le aconsejaban a Alain que se cuidara de bateadores que descifraron a Jones. Alain no era Jones. Alain los ponchaba. Estupefactos quedaban ambos, bateadores y consejeros.

Colombia fue puente para Román a la selección nacional de Panamá. Los canaleros eran anfitriones del Campeonato Sudamericano de Softbol 2016 y podían elegir un refuerzo, el que quisieran, “podía ser, incluso, un estadounidense, pero me pidieron a mí”.

Que lo eligieran, exclama, “¡fue inmenso!”, de cierto modo contradictorio, porque “nada es comparable a jugar con Cuba, a vestir el traje de las cuatro letras, a ver ondeando a esa ‘niña bonita’, como bautizamos a nuestra bandera, a defender nuestros ideales”. Sin embargo, Román se siente reconocido más fuera que en su país. Aterriza en el aeropuerto de Panamá y lo interpelan para una frase, para una foto o para un autógrafo.

Igual sucedió en Guatemala, adonde recaló en 2017. El objetivo de su escuadra, Huevos Mañaneros, era exclusivamente destronar a Lanquetin, defensor de la corona por más de una década. En la segunda temporada de Román, Huevos Mañaneros somete a Lanquetin en la final. “Esa fue la pasión más grande que vivimos”.

No obstante, no era por el título absoluto del Torneo Nacional de Softbol Mayor que lo discuten el ganador del Apertura, Huevos Mañaneros, contra el del Clausura, Lanquetin. En la finalísima, Huevos Mañaneros estuvo a un triunfo, ¡uno solo!, y sucumbió seis veces consecutivas. “Me ha tocado llevar equipos de menos condiciones a más”.

Parece su sino. En la IV Copa Mexicali, con una novena cuyo nombre no rememora al instante, dio cero jit-cero carreras, juego perfecto. “Dejé ganando la final y perdimos”.

Esa última forma verbal permutaría por su antónimo, luego de que el dirigente de Huevos Mañaneros se frustrara y prescindiera de sus servicios. “Se enteraron en Lanquetin y me ficharon”. Lanquetin en 2022 levantó su décimo octavo trofeo de primer lugar; en el ínterin, contra la ¿lógica?, Román regresó a colgarse al cuello junto a su Ciego de Ávila la presea de oro por décima ocasión. Román fue el mejor de la serie cubana en promedio de carreras limpias (0.78), el jugador más destacado y doblegó a Santiago en el duelo decisivo.


Tentaciones en su camino no han faltado, mas, sin una vía legal, a Román no le interesa exhibir su talento en el softbol estadounidense, una de las ligas de más calidad en el mundo, a su altura. Jode, es verdad, aunque le concede más valor al retorno con Cuba a una Copa Mundial, al punto de renunciar a las vacaciones que le propusieron en Guatemala.

La vida toda lo preparó: la separación de mamá, la escuela a dos cuadras en Guantánamo, la testarudez de profesores, el desconsuelo, Mena, Albán, el fogueo extra fronteras, las competiciones en y con Cuba, su accidentado Mundial de 2019, el bronce en el clasificatorio de Paraná ―donde lanzó un cero jit- cero carreras en el encuentro inicial, se lesionó y guapeó el bronce que obtuvo ante Estados Unidos. La vida toda lo preparó para la revancha, el Mundial de Auckland 2022.

Sufrió, aun así. Viajó más horas de las que pudo dormir para enfrentar a Huemul Mata y al vigente campeón, Argentina. Estuvo a una entrada del éxito, ¡¿era demasiado pedir?!, lo extraordinario posee límites. Poseía. Román los rompió. En el partido que definía si cubanos o neozelandeses ―locales y máximos vencedores (7) del universo― avanzaban a la super ronda, Román lanzó coraje. Era la gloria imperecedera versus un eufemismo de fracaso. Fueron a extra innings con la pizarra impoluta. Siguió Román en el intento por insultar los pronósticos. Y tanto dio que los dioses softboleros exigieron su canonización inmediata. Lo hizo.


Acumuló más entradas lanzadas que el resto en el Mundial (40.2). Ganó cuatro, solo Mata le empató. Uno lo sobrepasó en lechadas (3) y dos en ponches (49); cuatro a Cuba. Román dudó, lógico: “¿de qué estamos hechos los cubanos, que podemos prescindir de fisioterapeutas, de psicólogos, de dietas, de sueño, de pelotas, de bates?” Y respondió: “De grandeza, de sacrificio, de moral, de acero del que no se derrite”.

Alain, el yaterano, el enchapado a la antigua ―cabría objetar―, el que no se desvive por revisar redes sociales y desconoce seguramente cuál es la serie del momento, el hablador de los buenos sin tecnología mediante, el de 44 años en las costillas y mucho más de la mitad con la izquierda pegada a un guante y la derecha a una esfera fosforescente, el que no soporta perder ni en el entrenamiento, responde por último qué es el softbol con la profundidad que no contiene la interrogante: “La vida no me ha dado la posibilidad de tener un hijo con mi esposa, pero sí la de estar en un deporte que me ha sacado adelante. Siempre prefiero nutrirme de lo bueno. El softbol me ha dado resultados, amigos, me ha permitido conocer muchos países, el reconocimiento, me ha dado de comer a mí y a mi familia. El softbol es la bendición que me dio Dios”.

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