por: Rogelio Ramos Dominguez

El problema no es
Darle un hacha al dolor
Y hacer leña con todo y la palma
El problema vital es el alma.
Silvio Rodríguez.

Cuatro odiadores ya están preguntando si no voy a despotricar contra Yaimé Pérez ¿Por qué? La Rusa es una persona amantísima. La vi desde hace años levantando carrera. La vi también rabiar por sucesivas faltas, la vi emocionada ante la Asamblea Municipal y abrazada de su madre, agradeciendo al pueblo que le aplaudía, le aplaude.

Porque el hecho no es que Yaimé Pérez haya abandonado la delegación cubana, es qué vamos haciendo mal para que gente tan humilde agarre su pasado, sus abrazos, sus domingos de sol, sus cervezas con los amigos, la bandera sostenida en nombre de La Patria y se largue.

Le decía a un amigo de las muchas preguntas que nos quedan, (porque a falta de información uno solo se llena de rumores y algunas certezas).

Una vez la vi irse junto a Yamila, su madre en un camión a buscar comida en la ciudad; yo me preguntaba si no debimos ponerle un carro a esa mujer que trepaba al podio y con ella el país, porque con esa medalla la nación sentía que se ponía oro en el pecho, aunque el resto del jueves doliera; ella curaba y uno pedía seguir, qué carajos, la gloria espera.

Una vez le ganó a Pércovich, cuando hablamos me contó que la croata a veces la miraba con rareza, y que no tenía miedo, imagínate, de La Maya; decía y nos reíamos y luego Sandra estaba por Guantánamo y no llegó a su casita en La Carretera de El Manguito. Yo llegué a desear que no sucediera.

Luego Yaimé tuvo su carro moderno (que no es que me vaya a quedar en lo cósico, al final lo que define su grandeza son las medallas y su actitud, al menos la que yo pude palpar) y arregló su casita, y venía a ver a Yamila porque aquella mujer potente prefería este barrio y Yaimé apareció entrevistada muchas veces en la TV nacional, en las Ligas del Diamante y mundiales y otras lides.

Cuando volvió de las olimpiadas, con su bronce y maltratada por algunas voces estaba feliz, nada de llanto, pero sonaban ya algunas voces, ella no me habló nunca de esas cosas, colocaba silencios cómodos, pero otros hablaban de muchas cosas que pudieron ir acumulando su determinación de no volver.

Conocí a Una Yaimé Pérez que sabía dar el abrazo justo, que no dudaba en sentarse a hablar con amigos de la infancia cuyo destino era totalmente opuesto al de ella, que si te veía perdido en la carretera por Llano de Maceira, Jagua o Platanillo paraba su carro pa llevarte y cuya madre sabe de todos los roces tremebundos del destino: de criar sola a sus hijas, de vivir en una casa cuyos trozos de piso tuvo que juntar casi con sus manos y tener, como muchos mortales de este lado, los cuatro animales con los que garantizar algún almuerzo creíble.

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A los cuatro odiadores que me escribieron les digo que no tengo nada contra Yaimé sino contra las causas de esa decisión, causas que me gustaría tener todas sobre la mesa para destajarlas y entender qué nos pasa en una isla donde hemos tratado de sembrar amor por años y algún retorcido elemento destroza la flor.

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