por: Reinaldo Cedeño Pineda/*Exclusivo

Todo comenzó en 1980, ante mi televisor ruso, en blanco y negro. Una cubana lanzaba la jabalina en el Luzhnikí moscovita. Y la saeta voló y voló ante los ojos impávidos de un niño, hasta clavarse en el récord olímpico. Salí del mutismo, grité. No sabía bien quien era ella, más allá de su eufónico nombre, María Caridad Colón… pero me propuse averiguarlo.

Sentí la necesidad de anotar el registro, aquellos 68,40 metros. Fue como un resorte, un salto al futuro. Y así, sin darme cuenta, a los 12 años, empecé a devorar cuaderno tras cuaderno, agenda tras agenda, con apuntes de aquí y allá. De mi puño y letra. Cuando vine a reparar en aquella grafomanía incesante… habían pasado once años. Era ya 1991, había conseguido trabajar en los Juegos Panamericanos y empezaba mi vida laboral.

Me despedí de aquellas páginas con tristeza. Se había cerrado un ciclo. Y las guardé en el rincón, en el polvo.

Primero, era simple reproducción, lo que encontraba en periódicos y libros. Empecé a pegar artículos y fotos. Un pastiche. Luego ideé secciones, seguí eventos, empecé a coleccionar revistas deportivas… hasta que un día me atreví a pronosticar. Ahora mismo me lo estoy preguntando… ¿acaso hice periodismo, antes de ser periodista?

La Habana y Caracas

Dirán que soy ochentero, y sí, a mucha honra. A algunos les puede parecer lejano, para mí fue el descubrimiento. Toda esa década del deporte cubano la tengo registrada minuciosamente. La casualidad me hizo recoger las hazañas de todos aquellos que fueron olímpicos sin serlo. Es un dolor enquistado en la historia del deporte cubano.

Para los Juegos Centroamericanos y del Caribe que nuestro país salvó con austeridad en 1982, preparé una libreta especial. La cosa era en casa. Pegué el cocodrilito Cuco en la portada y allí me sumergí, sin dormir casi, en todas las horas de transmisión. Como se sabe, Cuba arrasó, aunque curiosamente en aquella ocasión no se ganó el beisbol.

Un récord mundial del halterista Daniel Núñez de añadido, primero en la historia de los Juegos regionales más antiguos del mundo. El pechista Pedro Hernández levantó el honor de la natación cubana. Las tres ochocentistas cayeron sobre la meta. Luis Mariano Delís en el disco hizo aquel tirazo de 70,20, todavía inamovible como tope de los Juegos. Justamente él sería el único medallista (plata) del I Campeonato Mundial de Atletismo en Helsinki 1983.

Yo quería ser como Delís.

Me pareció hermoso el gesto en el Pedro Marrero habanero, cuando Leandro Peñalver cuando levantó el brazo a Osvaldo Lara, quien lo escoltó en los 100 y 200 metros planos. Busqué la fotografía y la incorporé a mi álbum. Aquel engrudo oscuro manchaba un poco las páginas, mas no tenía otros medios a mi alcance.

Para Caracas 83, la cita panamericana, agrupé los deportes y preparé cinco libretas. Esa fue la cita de Casimiro Suárez, el gimnasta. El rey de los Juegos, con seis títulos. Lo conocí de un campeonato nacional, lo vi muy de cerca. Derrochaba una seguridad impresionante. Él debió ser el primer cubano en ganar una medalla mundial, mas el sesgo de los jueces europeos, le arrebató una y otra vez esa posibilidad.

Un cuaderno itinerante. Un cronista detenido

Antes de la capital venezolana, viví una escena que nunca he contado. Llegó la hora. Ateneo Armando Mestre, Santiago de Cuba, tope de voleibol femenino Cuba-Estados Unidos. Aquel equipo de Flora Hyman y Rita Crocker. Fue el debut de una chiquilla que haría historia, Mireya Luis. La chiflé, grité ¡Mamita… que salga Mamita! Mamita Pérez era la consagrada, Mireya la chiquilla debutante. Sobrevenía un cambio generacional. Eugenio George era un sabio, y yo… un espectador malcriado, un hincha novato.

Uno de los cuadernos esta vez se volvió itinerante, se fue conmigo. Al terminar el tope, me lancé a buscar autógrafos de las atletas, tanto de Cuba como de las visitantes. ¡Ay, si hubiera habido selfies entonces! Varias de las estelares me estamparon sus rúbricas. En un exceso de seguridad, fui detenido. Revisaron aquella libreta manuscrita. Y al devolvérmela, minutos después, a modo de disculpa, el agente me dijo: “A usted sí que le gusta el deporte…”

Aquel cuaderno y algunos más sufrieron los embates del huracán Sandy, en 2012. Quedaron demasiado cerca de una ventana. No me da pena confesarlo: lloré cuando vi esas páginas convertidas en un amasijo, ya irrecuperable.

1984: El canastazo

Lo que más recuerdo de 1984, es el Campeonato Mundial de Beisbol. Escogí una agenda nueva, a color, para semejante ocasión. Jugada por jugada. Disfruté las victorias.

Recuerdo el debut de Víctor Mesa, luego tan legendario como tan polémico. Sin embargo, fue el preolímpico de baloncesto femenino de 1984, celebrado en La Habana, el que reservó el partido rompe corazones.

La mascota se llamaba Margarita, en honor a la pequeña Margarita Skeet, quien tenía una peculiar manera de cobrar los tiros libres: se iba al extremo de la botella y lanzaba con una sola mano.

Busco los nombres de las jugadoras más encumbradas. Un momento… aquí están en “letra de molde”… la gigante china Chen Yuefang, la coreana Kim Hwa Soon, la cubana Leonor Borrell, la húngara Agnes Nemeth y la australiana Julie Nykiel, entre otras. Justamente con Australia se vivió tal vez el partido más dramático de la historia del basquet femenil cubano. Por suerte se conserva el vídeo.

Doce segundos y se produce una falta. Sale Margarita Skeet y entra María Moré. El público hace lo suyo, pero las canastas van al centro del aro. Arriba la isla continente por dos puntos. Matilde Charro se desplaza de cancha a cancha, tira de bandeja, anota. ¡Empate a 65! Ya no queda nada, casi nada… y entonces, a la hora de los hornos, la Moré intercepta un pase y sin respirar, suelta el canastazo de su vida. Hoy valdría tres puntos. Cuba gana, el coliseo es locura!!!


Cuando anoté la reseña de ese partido, me temblaba la mano. Al final, es sabid¬o, Cuba no asistió a Los Ángeles; mas aquel juego fue olímpico. Sin dudas.

Los Juegos de la Amistad. Una reparación por hacer.

Los Juegos de la Amistad fueron montados para las naciones que decidieron no ir a la “Olimpiada oficial”. No se dijo así, pero vista desde el tiempo, esta fue con todo rigor una “Olimpiada alternativa”. Incluso se rompieron más registros mundiales que en Los Ángeles, si bien el reino del doping rondaba esos años.

La politización lo desbordaba, lo desbarataba todo.

A mis cuadernos fueron los triunfos cubanos. El valioso subtítulo del esgrimista Guillermo Betancourt, por ejemplo. Osvaldo Lara ganó el hectómetro en el mismo estadio olímpico de Moscú. Juantorena ganó un oro compartido y Sotomayor debutó a lo grande. Hubo preseas en varios deportes de conjunto.

El boxeo disertó en La Habana. Tal vez “el título de los Juegos” para Cuba fue el de Teófilo Stevenson en una pelea antológica con el fornido soviético Valeri Abadzhyan, en la división superpesada. Aquella mole caucásica, que ni pedía ni daba tregua, casi sale por las cuerdas.

Se necesita una reparación histórica, he insistido más de una vez. Polonia, en un acto de justicia, consideró a los medallistas de los Juegos de La Amistad como ganadores de una cita olímpica y los recompensó como tal, en ley fijada en 2007. Cuba lo debe a sus atletas.

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