por: Dubler R. Vázquez Colomé / Periódico 26

En su incesante vagar de más de una década por el desierto, el béisbol cubano ha terminado convirtiéndose en un gigantesco lugar común. Y entiéndase el término como un concepto asociado a ideas demasiado trilladas por su uso excesivo e ilógico, a la total falta de imaginación o a la tendencia a simplificar concepciones que merecerían ser apreciadas siempre en cada uno de sus matices.

Todo ello acompañado de una buena dosis de empecinamiento y de una soberbia que no consigue dejar atrás los años en los que Cuba reinó casi sin oposición entre jugadores semiprofesionales o sencillamente amateurs. Desde entonces las cosas han cambiado tanto, que hemos llegado al punto de celebrar derrotas “peleadas” como las que sufrió esta semana la Selección Nacional ante Venezuela y Canadá en el Preolímpico de las Américas.

El torneo organizado en el complicado escenario de Florida, Estados Unidos, acaba de certificar lo que parecía inevitable: por primera vez en la historia Cuba no estará en el béisbol de los Juegos Olímpicos. En apenas dos encuentros, saldados con reveses de 6×5 frente a venezolanos y canadienses, el elenco antillano agotó sus últimos chances de regresar al concierto estival.

La aventura olímpica, que había comenzado con el sonoro fracaso del Premier 12 en 2019, se acabó a las primeras de cambio en el Clover Park, de Saint Lucie, donde la pelota cubana evidenció cada una de las muchas carencias que la siguen lastrando: un juego táctico arcaico e ineficaz, malos contactos en los momentos decisivos, costosas imprecisiones defensivas, y lanzadores de gran talento (14 ponches ante Canadá), pero que carecen del necesario comando para imponerse al más alto nivel (regalaron ocho boletos y explotaron muy poco la zona gris del home plate).

A todo ello se suma la sensación de haber improvisado hasta el final, con cambios constantes de dirección en medio del ciclo olímpico y con la obstinada negativa de convocar a peloteros profesionales con los que se llegó a conversar recientemente, pero a los que en definitiva se les cerró la puerta de la Selección sin explicación ninguna.

Lo peor (y hay mucho de malo en todo esto) es que el retroceso del béisbol cubano comenzó hace ya muchos años, con dos factores desencadenantes que de ninguna manera hemos podido contrarrestar: el ingreso de los jugadores profesionales al panorama internacional y el imparable éxodo de talento que acaba de tener un nuevo episodio con la deserción de César Prieto.

Puestos a recordar, quizás haya sido el lejano II Clásico Mundial el que comenzó a dejarnos pistas de lo que vendría después. Cuba había perdido la final de los Juegos de Beijing ante Corea del Sur un año antes, aunque fue en ese 2009 cuando asistimos a una versión del Equipo Cuba totalmente impotente ante el picheo japonés, que nos blanqueó en dos ocasiones y nos dejó fuera de la fase final.

Aun así, en aquella ocasión la escuadra cubana fue capaz de vencer a Australia y de vapulear 16×4 a México en su propia casa. Doce años después, los mexicanos están ya clasificados a los Juegos de Tokio, mientras Cuba ve trunca una riquísima historia olímpica que incluye tres títulos (Barcelona 1992, Atlanta 1996 y Atenas 2004) y par de segundos lugares (Sídney 2000 y Beijing 2008).

Desde entonces la caída ha sido constante y abrupta. La derrota ante Holanda en la Copa Mundial del 2011 fue probablemente el detonador de un alud que ha incluido fracasos en los Juegos Panamericanos, los clásicos mundiales y los torneos Premier 12, además de reveses en todas las categorías inferiores.

EMPECINAMIENTO

La tozudez a la hora de trazar la hoja de ruta del béisbol criollo hace tiempo que dejó de ser solo motivo de críticas para prensa o afición, y se ha convertido en un palo entre las ruedas de la pasión mayor de los cubanos.

Y eso que “empecinamiento”, “obstinación” y “tozudez” son términos más amables que otros esgrimidos por estos días en medios de prensa y redes sociales, como aquella definición de Albert Einstein, según la cual “la locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”.

A pesar de que todos sabíamos el nivel del equipo que dirigió Armando Ferrer, muy similar al de otras plantillas que fracasaron en ocasiones anteriores, la pelota cubana se dio el lujo de prescindir de jugadores activos en ligas profesionales del Caribe y México, los cuales habrían aportado un indudable salto de calidad.

Mientras los bateadores cubanos fallaban una y otra vez en momentos claves de los juegos decisivos del Preolímpico, el tunero Henry Urrutia encabezaba la Liga Mexicana de Béisbol en jonrones (6), slugging (857) y OPS (1325). El hijo de Ermidelio había sido contactado como probable refuerzo y había mostrado su total disposición de vestir la camisa de las cuatro letras.

Sobre el tema, Armando Ferrer no convenció a nadie al justificar su no convocatoria con el argumento de que desconocían la forma deportiva del exjugador de los Leñadores y los Orioles de Baltimore. Su impresionante arranque en la LMB seguramente habrá aclarado el punto.

Pero Henry no es el único. El veterano Raúl Valdés, quien ha reconocido que antes de retirarse le gustaría trabajar con una escuadra cubana, fue en definitiva el primer abridor de República Dominicana en el Preolímpico y consiguió victoria el lunes sobre Puerto Rico con pizarra de 5×2.

El zurdo de 42 años había sonado como posible incorporación, pero finalmente no fue contactado por las autoridades de la Isla. Se trata de un pícher con amplísima experiencia profesional, que acumula 164 victorias en circuitos de Estados Unidos, Asia y el Caribe, y que lanzó durante cinco años en Grandes Ligas con Mets de Nueva York, Cardenales de San Luis, Yankees de Nueva York, Phillies de Filadelfia y Astros de Houston.

SOBERBIA

Por último, están las cuestiones tácticas, los métodos de entrenamiento ya en desuso, el inexplicable afán de aferrarse a una concepción del béisbol desfasada por completo.

Mientras todos los elencos asistieron al Preolímpico con hasta 14 lanzadores, Cuba solo incluyó 10 en su nómina. Desde ahí, Armando Ferrer nos estaba anunciando que de nada valdría su aval como técnico en el béisbol profesional, porque a la hora de la verdad demoraría sin justificación a los abridores (Lázaro Blanco ante Venezuela), ignoraría los relevos situacionales (nunca utilizó a Yoenni Yera o Yudiel Rodríguez ante bateadores zurdos en los dos primeros encuentros) y llamaría a más de un serpentinero a realizar roles para los que no están preparados: el cerrador Andy Rodríguez como demorado relevista intermedio o Liván Moinelo trabajando otra vez más de una entrada.

En la dudosa planificación para el torneo, el abridor más explosivo que tiene el béisbol local fue relegado al puesto de relevista y reservado incomprensiblemente para el segundo juego, como si el breve calendario permitiera concesiones de ese tipo. El camagüeyano Yariel Rodríguez, de los Dragones de Chunichi en la Liga Japonesa, ponchó el martes a 11 bateadores canadienses en 6,1 capítulos, cuando lo cierto es que debió ser utilizado como abridor ante Venezuela o como primera opción desde el bullpén en ese mismo encuentro.

Todos esos pequeños detalles que llevamos arrastrando por tanto tiempo, más allá de quién sea el director, han traído como resultado la debacle gradual de la pelota antillana. En ese tránsito hacia la nada, ha perdido en una década casi todos los títulos internacionales que llegó a poseer, con excepción de la extinta Copa Intercontinental, cuya última versión ganó en 2010.

Ahora, nos acaban de arrebatar en Florida el último bastión, la historia de cinco finales olímpicas consecutivas, con tres medallas de oro incluidas. Y la duda sigue atormentando a los seguidores del béisbol cubano: si ya lo hemos perdido todo, qué más tiene que suceder para que comencemos a cambiar el rumbo de nuestro deporte nacional.

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