Eduardo Grenier/Del Muro de Facebook

Tres flecos rubios sobre su frente soplados por el viento, la jabalina acariciándole la sien y su mirada incrustada en aquel número que otras no osaban mirar, ni siquiera de soslayo. Setenta metros.

Potencia y fogosidad. Elegancia. Fuerza. Barbora Spotaková siempre dio la imagen de una mujer con carácter. Y no había movimiento más estético que el de su azagaya volando y estampándose en aquellas marcas masculinas. Cedieron Abakumoba y la Menéndez, monstruas irrepetibles. Cedió Viljoen y cuanta valiente cometió el error craso de mirarle a los ojos y retarla. Nadie pudo con ella. Alardearon algunas de medallas en su ausencia. Otro desliz.

Barbora, la mujer tajante de campos y pistas, quiso tener un hijo. Envió una vez más la jabalina y estampó su segunda y más codiciada plusmarca. Volvió y con la figura rugosa por las huellas maternales, aplastó otra vez a sus sombras. Y ganó hasta que quiso.

En Qatar la vi otra vez. La esperé porque a los grandes se les aguarda con respeto y admiración. Da igual si ya los 70 son una utopía. Da igual si las rivales la miran sin miedo. En Doha no estaba Spotaková, la campeona. En Doha estaba Barbora, la tierna madre de Janek.

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