Por: Alejandro Rodríguez/ Tomado de Facebook

La primera impresión de Lima, justo al salir del aeropuerto, fue el abismal frío sudamericano. Una comitiva de prensa llegaba bien abrigada a los Juegos Panamericanos gracias al aviso de otros colegas llegados antes, pero ni así. De que se sentía el alma, se sentía.

Perú organizaba por primera vez la cita multideportiva y yo cubría el evento como el único novato en ese tipo de labores, al menos por la TV.

La cobertura me enseñó tres cosas fundamentales:

  1. Es una experiencia espectacular e inigualable.
  2. Es a la misma vez super estresante.
  3. Soy en Perú un tipo extra grande.

Aquí se camina y se maneja sacando los codos, no se pide permiso. Pasa quien menos cortesía muestre.

El tráfico es extremadamente desesperante a pesar de las medidas tomadas por los juegos. Una verde se demora en cualquier semáforo 90 segundos y un viaje dentro de la ciudad a una instalación medianamente cercana podía pasar la hora de duración. Ni hablar de los que fueron al Guacho (remo, canotaje) solo 8 horas ida y vuelta). Los carros se meten unos delante de otros como si nada violando las más elementales reglas del tránsito. Al menos no se disgustan o no se dan por enterados. Si fuera en Cuba, unas cuantas madres se rascarían el oído.

Como en la mayoría de las naciones de América Latina, según referencias de otros que conocen más, se entremezclan construcciones de primer nivel y grandes dimensiones con los llamados cerros o barrios pobres.

La imagen de una señora con una bebé colgando en la espalda y vendiéndole dulces a los carros es realmente impactante, al igual que la de niños que no sobrepasan los 10 años y buscan parte del sustento familiar ejerciendo la misma actividad.

Muchos negocios en las calles llaman la atención sobre todo si de ropa buena y barata se trata. Así conocimos Gamarra, un lugar al parecer hecho para cubanos y al que nadie faltó.

No puedo hablar de Perú y no mencionar su alta cocina, eso da para una novela, aunque yo conocí la pobre, que es igual de buena. En un comedor cualquiera te encuentras variadas ofertas con entrante y plato principal. Un entrante viene siendo un caldo o sopa, un tamal, unas papas a la huancaína (salsa a base de queso) o el famoso ceviche, que pica y mucho.

El plato principal siempre es una carne (pollo, pescado, cerdo, hígado) frita, rebozada o en salsa acompañada de papa o yuca, arroz, frijoles blancos y ensalada. (A que se te hizo agua la boca).

En el restaurant del hotel nos aseguraban desayuno (buffet) y comida (excelente)
Era por eso que muchos ahorraban sus kilos para llenar otros kilos y se la pasaban comiendo galleticas por el día.

En Lima me perdí apenas llegar. A toda la delegación lo primero que le dicen es que no se debe andar solo, que es peligroso, pero ahí va Alejandro que se cree que impresiona y que preguntando se llega a Roma. Por suerte un taxi me salvó del papelazo, no sin antes cobrármelo bien caro. Además del taxi, tomé el tren y la guagua, recorrí tiendas, compré souvenirs, me pelé, hice ejercicios, corrí, me bañé mucho con agua caliente y por primera vez en mi vida tuve que usar la calefacción. Bueno, por primera vez la conocí.

Estuve en un bar llamado «Son de Cuba», donde lo que se vendía era lo autóctono de mi país, aunque de cierto modo, y con lógica, diferente. El trato conmigo del barman siempre fue de “asere” con una imitación pobrecita de cómo hablamos los cubanos.

Eso sí, muy atento y servicial. Sin ser descortés le dije: Asere, en Cuba no todos decimos asere. Se sonrió y me respondió: Claro asereee… y siguió su onda cubanizada.

Lo que sucedió en materia deportiva es material para otros espacios. Solo adelanto que disfruté mucho cada victoria y por supuesto, sufrí con las derrotas, pero el valor del atleta cubano es incuestionable.

La experiencia en Perú más que todo me enriqueció como persona, me hizo valorar muchas cosas que tengo y en las cuales no reparo.

También me enseñó que debemos aprender mucho de lo que nos rodea y que no le podemos temer a lo diferente. Que el trabajo sincero vale mucho, sobre todo cuando se disfruta.

Lima me dejó dos canciones que ya forman parte de mi biblioteca musical. «Cariñito» de Lila Down y «Como no te voy a querer» que según busqué es un cántico surgido en México pero que varias selecciones han hecho suyo con adaptaciones, como la blanquirroja peruana.

Con ese mismo espíritu me despido de Lima, queriéndola como solo se merece una ciudad que le abrió sus puertas al continente y que respetó cada una de sus culturas. Aquí #Jugamostodos

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