Por: IÑAKO DÍAZ-GUERRA/ El Mundo

Godín tiene 33 años. Godín está completando su temporada más irregular, en lo que es un lento declive que dura ya un par de años. Godín, seguramente, ya no tenga nivel de titular fijo en el Atleti. Godín aún cabe en la plantilla, pero atarse a él a largo plazo es un riesgo/lujo para un equipo que vive haciendo malabares económicos con los sueldos y el límite salarial. Godín es víctima de una política de club sensata (a priori): renovar año a año a sus veteranos. Godín se marcha, es ley de vida.

Todo eso me dice mi lado racional para intentar convencerme de que el adiós de un símbolo tiene sentido. Pero no lo tiene. Porque esto es fútbol, no una tabla de Excel, y manda la parte emocional, esa que mientras escribía el anterior párrafo me gritaba al oído: «¡Y una mierda! Si esto fuera racional, tú no serías del Atleti». Y es cierto. No soy del Atleti por títulos y fichajes millonarios, soy del Atleti por mi padre, por la grada del Calderón y por futbolistas como Diego Godín.

En la historia de todo club, las leyendas son tan escasas que denota muy poca grandeza no permitirles escribir su final cómo y cuándo les venga en gana. Hasta ahora, todos los héroes de esta etapa gloriosa eligieron el día de su adiós. Gabi, Torres, Tiago y Villa se fueron porque sabían que su misión ya estaba cumplida, que seguir era estropear la perfección y que era el momento de caminar hacia el horizonte mientras la puerta se cierra, como Ethan Edwards al final de’ Centauros del Desierto’. Aunque hubieran podido, ninguno intentó alargar su estancia, arriesgar su legado ni sacarle un euro de más al Atlético. Porque, al fin y al cabo, sería robarse a sí mismo. El Atleti son ellos.

Esta noble costumbre se rompe ahora con Godín, que siempre quiso quedarse, pero no a cualquier precio. Pensaba que se lo había ganado y tenía razón. Es curioso cómo en el tramo final de sus carreras a casi todos los futbolistas les importa más la seguridad que el dinero y los títulos. Valoran más los años de contrato que el sueldo, anhelan la certeza de no estar jugándose el futuro en cada choque, quieren saber que una lesión o una mala racha no les obligarán a mudarse en verano. Y el mercado respaldaba al uruguayo. En agosto, Manchester United y Juventus le ofrecieron contratos de hasta tres años, como ahora hace el Inter, pero decidió quedarse, convencido de que el Atleti, su Atleti, le daría una solución.

Pero no se la dio. El club fue inflexible: cruzada la treintena, año a año. Una política que mantiene inalterable con los que ya están, como estamos viendo con Godín, Filipe y Juanfran, pero no con los que ficha. Kalinic llegó con 30 y firmó tres años; Adán con 31 y dos de contrato; Felipe aterrizará con 30 y no irá año a año, sospecho; Otamendi, de 31, también está en la agenda… ¿Cómo convences al vestuario que te lo ha dado todo de que quien aún no ha dado nada tiene privilegios de los que ellos carecen? Sencillo: no les convences. Y así acabas con Godín llorando por tener que hacer lo que la afición, que merecidamente lo venera, no puede hacer: mandar al club a pastar. Con mucha más elegancia, por supuesto.

Y su ausencia, más allá de lo emocional, deja un hueco enorme en un equipo que si de algo ha carecido este curso, sobre todo en la debacle de Turín, ha sido de personalidad. Un año después de Gabi y Torres, sale Godín y el vestuario se queda sin líderes natos. Y esa es una baja imposible de suplir. Porque si se te va un delantero, los goles se compran, pero el liderazgo no funciona así. Es una mezcla de genética y tiempo que ni se entrena ni se ficha. Koke, Saúl y Griezmann lo intentarán, pero ninguno susurra y la gente se calla. Son grandes tipos, no necesariamente grandes líderes. Ese peso recaerá más que nunca en un Simeone que sabe que, seguramente, nunca encontrará otro Godín. Porque Godín hay uno y fue nuestro. Que hoy deje de serlo es un sinsentido del que nos acordaremos años. De él nos acordaremos siempre.