Eliud Kipchoge ganó en Londres por cuarta vez, y con la victoria llegó a diez maratones en los que cruza primero la meta, de manera consecutiva.

Es el mejor de estos tiempos, y para muchos el mejor de la historia. Detrás de su obra está Patrick Sang, que fuera medallista en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, y se ha encarcado de pulir el talento de Eliud y otros tantos en Kaptagat.

 Patrick Sang, el ‘padre’ deportivo de Kipchoge

Por: Sergio Heredia/ La Vanguardia

No fue casualidad, chicos

Ed Caesar

–Su turno…

Me habla Rosemarie Smits. Ella ha organizado esta sesión de entrevistas. Rosemarie Smits trabaja para el NN Running Team, el club holandés que nos ha llevado hasta Kaptagat, el centro de entrenamiento de un puñado de fondistas kenianos. Entre ellos se encuentra Eliud Kipchoge. Es el mejor maratoniano de todos los tiempos.

Kipchoge se ha impuesto en once de los doce maratones que ha corrido. Y mañana, en Londres, defiende su victoria del 2018. Lo ha ganado otras dos veces, en 2015 y 2016.

Hace calor en Kaptagat. Un sol que abrasa. Estamos a 2.400 m de altitud. Rosemarie Smits ha colocado dos sillas a la sombra, bajo un tanque de agua. Pasamos junto a un grupo de atletas. Tumbados sobre la hierba, como panteras, me observan mientras teclean en los móviles. Han corrido veinte kilómetros al alba, el morning run, y les esperan otros diez a media tarde.

Ahora sestean.

Me acomodo en una de las sillas, preparo la libreta y el bolígrafo y espero a Patrick Sang (55). Es el técnico de todos estos fondistas. Entre hombres y mujeres, son 33. Entre ellos está Kipchoge.

Cuando era joven y competía en los 3.000 m obstáculos, Patrick Sang tocó el cielo. Ocurrió en Barcelona’92. Corriendo por Kenia, Sang se hizo con la plata.

(…)

Patrick Sang, entrenador del grupo de Kaptagat (Daniel Vernon / NN Running Team)

 

La entrevista la empieza él mismo.

Me pregunta:

–¿De dónde viene usted?

–De Barcelona –le contesto.

Patrick Sang sonríe. Se echa hacia atrás. Se lleva las manos a la cabeza. Es muy alto y ha ganado algunos kilos. Evoca.

–¡Barcelona! –vocea.

–Barcelona… –repito.

Me mira fijamente.

–Nunca olvidaré aquellos días. Y nunca olvidaré a mi entrenador, James Blackwood, gritando mi nombre desde la grada. ¡Pobre James…!

–¿Pobre? ¿Por qué pobre?

–Los kenianos habíamos hecho el triplete. Yo estaba dando la vuelta de honor junto a Matthew Birir y William Mutwol. Y en ese momento distinguí la voz de James. Quería saltar a la pista y abrazarme, pero no le dejaban: no tenía la acreditación. Y me pedía que le ayudara a bajar, que hablara con alguien.

 –¿Y qué hizo usted?

–Le supliqué a los organizadores que le dejaran bajar. Les dije que ese señor era mi entrenador. No hay nada como el abrazo de tu maestro cuando has ganado algo importante.

–¿Se dieron el abrazo?

–Nos lo dimos.

–¿Qué ha sido de aquellos compañeros? ¿Qué ha sido de los grandes fondistas kenianos de los ochenta? ¿Qué hacen hoy?

–Bufff… Eso es muy largo de contar. ¿Lo dejamos? –responde.

Ni pestañeo.

No pienso soltar la presa.

Le aguanto la mirada. Insisto:

–¿Y bien…?

–De acuerdo. Le contaré algo. En Kenia falta un plan B. Hay muchas ideas para iniciar a los críos en el atletismo. Los localizamos en las escuelas. Los reclutamos. Les damos formación y les damos salida en las competiciones. Los exprimimos. Pero luego, cuando su carrera deportiva acaba, no sabemos qué hacer con ellos. Nos falta un plan B.

–¿Y tiene alguna solución?

–Yo hago lo que puedo con mis chicos, con los que tengo aquí.

Un par de horas antes, Eliud Kipchoge me hablaba de Sang.

Decía:

–Patrick Sang es más que mi entrenador. Es mi maestro para la vida. Yo soy un estudiante y él es el profesor. Todo lo que él dice es sagrado.

Patrick Sang decide quién entra en Kaptagat. Como un cirujano, observa a los pupilos, los disecciona y los corrige.

–Para mí, no hay nada como ver cómo un talento llegado de la nada se convierte en alguien.

–¿Como Kipchoge?

–Aquel muchacho… Era el año 2000. Yo ya entrenaba a algunos atletas cuando se me acercó aquel adolescente. Buscaba un entrenador. Le dije que le entrenaría. Yo le pasaba un programa para dos meses, se iba a su casa, lo ejecutaba y al acabarlo, volvía. La verdad es que no le hacía mucho caso. Pero a los pocos meses supe que había entrado en el equipo de Kenia para el Mundial de cross. Entonces le pregunté: ‘Pero tú ¿cómo te llamas?’. Y al repetirme su nombre, caí en la cuenta…

–¿…?

–La madre de Eliud Kipchoge había sido mi profesora en la guardería. Y ahora, el destino me había llevado hasta aquí. Podía devolverle sus enseñanzas formando a su crío. Kipchoge y yo ya nunca más nos separamos.

–Como un padre…

–Tengo dos hijos. Uno se sacó un MBA y vive en Australia. Y el otro estudia Derecho en Nairobi. Ellos se han ido lejos. Yo también lo hice. Era un crío de 16 años cuando me llamó el director de mi escuela. Un directivo estadounidense preguntaba por mí. Quería becarme: le gustaba mi nivel académico y atlético. Mis padres aceptaron: me fui a estudiar Urbanismo en Austin (Texas) y me licencié sin pagar nada. Por eso estoy aquí, dispuesto a ayudar a los jóvenes de mi país. Tengo dos hijos fuera. Y otros muchos en Kaptagat.

Kipchoge y Sang

 Kipchoge demuestra a Mo Farah en Londres cómo se corre un maratón

por: Javier Sánchez / El Mundo

De entre los caminos de Kenia y Etiopía surgirán jóvenes que rebajarán su récord e incluso alguno romperá la barrera humana de las dos horas, pero durante décadas, muchas décadas, Eliud Kipchoge seguirá siendo el mejor maratoniano de la historia. Más allá de el cronómetro, expuesto a una actuación puntual, a una temporada excelente, a que todos los astros se alineen, hay en él un dominio de la distancia de distancias, esa que vence la resto de corredores al menos una vez en la vida. Los hechos lo demuestran: ayer Kipchoge ganó en Londres su décimo maratón consecutivo, lo nunca visto.

Campeón olímpico en Río 2016, su palmarés a los 34 años le sitúa en los 42,195 kilómetros por encima de los Bikila, Gebreselassie, Tergat y compañía, aunque su carácter y su estilo de vida, tranquilos hasta el aburrimiento, le hayan impedido ser tan icónico como éstos.

Esta vez el keniano no venció al reloj (aunque marcó 2:02:38, el segundo mejor tiempo de siempre), pero tampoco importó. Esta vez iba de demostrar quién manda ante la estrella llegada de la pista, el mejor fondista con el que podía competir, es decir, Mo Farah. En su propia casa, Kipchoge le enseñó que al maratón no se juega: esto es otra cosa, chico. Justo al superar el medio maratón, con las liebres ya desaparecidas como suele ocurrir en Londres, el plusmarquista mundial impuso él mismo un ritmo altísimo que forzó la rendición de Farah y lo dejó sólo con otros tres atletas, todos etíopes: Mosinet Geremew, Tola Shura Kitata y Mule Wasihun.

Que iba a ganar Kipchoge se veía en las caras de todos. Los tres compatriotas sufrían juntos mientras el keniano corría suelto, relajado, es decir, como siempre. En el kilómetro 40 se deshizo de sus adversarios y se lanzó a la victoria, mientras Farah, tan distinto a él, acababa quinto (en 2:05:39).

En el vídeo de promoción de la carrera ya quedaban patentes los diferentes estilos y, de alguna manera, ya se advertía que pasaría. Farah aparecía siempre entrenando solo, rodeado de toda esa maquinaria a la que dio fama en el ya abandonado Oregon Project, y Kipchoge se mostraba siempre acompañado, corriendo al amanecer rodeado de decenas de compañeros, descanso en su modesto centro de entrenamiento de Kaptagat. En su spot la carrera contrastaba modernidad y tradición y en esa disyuntiva, el maratón siempre sabe a quién escoger.

En la distancia ya está casi todo inventado: se prepara trotando muchísimos kilómetros, volando unos cuantos más y descansando, descansando mucho. La innovación puede partir de ahí, pero esa es la base y nadie cumple con ella como Kipchoge. De entre los caminos de Kenia y Etiopía surgirán jóvenes, pero él seguirá siendo durante décadas, muchas décadas, el mejor maratoniano de la historia.