hectoir Por Joel García León/Tomado de Cubahora

La historia antigua refiere a Héctor como el más valiente de los jefes troyanos, hijo de Príamo y esposo de Andrómaca, a quien Aquiles mata después de que Patroclo cayera vencido en el sitio de Troya por el propio Héctor. Pero de coincidencias está llena la vida, y otro Héctor, de apellido Milián, y rey entre los luchadores clásicos de Cuba por casi una década, no ha muerto.

Dado a combatir con el rival que fuera dentro del colchón, uno de los mejores gladiadores de todos los tiempos en el planeta, no recuerda haber concedido en toda su carrera deportiva una entrevista tan extensa y detallista como la propuesta ahora, aunque periodistas insistentes para pedírsela sobraron, tanto dentro de la isla como en las giras o eventos internacionales.

En su función de vicepresidente de la Asociación de Atención a Atletas en el municipio Playa desde hace varios años, ha recibido mucho apoyo, en especial del pueblo y las propias glorias deportivas. Las reglas del juego las pusimos entre ambos desde el principio. Y se cumplieron hasta la última frase.

—¿Por qué la lucha grecorromana, si en la familia estaba el antecedente boxístico de Ángel Milián (tío fallecido), eterno contrincante de Teófilo Stevenson?

No fui boxeador por causa de mi tío, pues en lugar de motivarme a practicarlo, a ponerme los guantes y subir al cuadrilátero, se fajaba mucho conmigo, me caía a piñazos y eso a cualquier muchacho de 7 u 8 años no le hacía mucha gracia.

“En realidad, practicaba atletismo en el área de lanzamiento, hasta que llegaron las captaciones a mi escuela rural de Taco-Taco, Pinar del Río, y el entrenador Fernando Landa me seleccionó para entrar a la EIDE en lucha, de la cual no sabía absolutamente nada”.

—¿Y qué pasó allá dentro?

Al principio era tan malo que me querían botar por bajo rendimiento. Y si no lo hicieron fue por el apoyo que vieron de mi mamá, quien insistía en que estuviera allí y aprendiera bien el deporte, porque todos los profesores elogiaban mis condiciones físicas. En 1980 gané una medalla de oro en un campeonato provincial pioneril y eso entusiasmó algo el ambiente.

—¿Contentos entonces también los profesores?

Sí, se pusieron contentos con ese resultado y con los otros que llegaron. Por esa época aprendí una técnica de volteo de cabeza y brazo que perfeccioné tanto que resultó clave en las competencias donde asistía. Se la tiraba a todo el mundo y ganaba, ganaba. Ya en el último año de la EIDE participé en los Juegos Escolares Nacionales y, pese a terminar con plata, obtuve todos los premios adicionales: el más técnico, combativo y destacado.

—¿Cuándo llegaron tus primeras medallas internacionales?

En 1984 no integré la selección para la Copa de la Amistad porque a alguien se le ocurrió decir que estaba gordito. Ahí mismo tuve ganas de dejar el deporte e intentar otra cosa, pero otra vez mi mamá dio el impulso para seguir. Luego vino la plata en el campeonato nacional de mayores con edad juvenil, la entrada al equipo nacional y el oro mundial juvenil en Alemania 1986.

—Por aquella época llegó a decirse que estabas “dopado de entrenamiento”.

Eso lo decían mis compañeros de selección porque siempre estaba corriendo y con deseos de entrenar. Además, no me cansaba, después del entrenamiento, en el cual subía 50 veces una altura de 10 metros por sogas, jugaba baloncesto, fútbol, lo que fuese, y como era líder dentro del equipo, la gente me seguía. Después del oro juvenil gané los Juegos Panamericanos de Indianápolis 1987, donde enfrenté en la final a un americano campeón mundial. Ese fue otro momento importante y otra medalla que recuerdo muchísimo.

—¿Cómo pudiste ganarlo todo en el primer campeonato mundial de mayores que participaste en 1991?

Con el entrenador Soilo Montano había perfeccionado el volteo y suplex de tal forma que era casi imbatible en el mundo en ese momento. Hice la mejor preparación físico-técnica de mi vida. En 1991 obtuve el título mundial de mayores y no me podía bajar del podio por la cantidad de galardones extras: mejor combate, más técnico, más destacado, incluido el de luchador más espectacular.

—¿Ese último a qué se debía?

El público se acostumbró a la espectacularidad de mis volteos, a verme levantar un hombre corpulento —estamos hablando de la división de 100 kg— y en lugar de pegarlo al colchón y acabar el combate, darle uno, dos, tres y hasta cuatro estrellones contra el colchón. En las competencias en el extranjero la gente me pedía esas cosas, incluso, ocupaban dentro de la instalación el lugar donde iba a competir. De ahí vino lo del “Rey Héctor”, y en las recepciones, en los hoteles, en los campos de entrenamiento, muchas veces no me dejaban ni caminar pidiendo autógrafos o queriendo fotografiarse conmigo, sobre todo las mujeres.

—¿Qué pasó en los Juegos Olímpicos de Barcelona: exceso de confianza o rival de respeto?

—El combate complicado de esos Juegos Olímpicos fue el último, pues volví a enfrentar al mismo norteamericano de Indianápolis, con quien no había competido más desde esa fecha, mientras él se había pasado esos cinco años estudiándome al dedillo, grabando todas mis peleas en cualquier torneo internacional que participé. Al principio salí bastante confiado y se defendía de todos mis movimientos con una facilidad increíble, lo cual provocó que ninguno de los dos marcara puntos en el tiempo establecido…

—¿Resultó la pelea más difícil de tu carrera?

Sí, porque el título olímpico es lo máximo que puede aspirar un deportista y se definió a segundos del final. Agotados todos los recursos de la lucha, me lancé sobre él como una fiera para desestabilizarlo y logré marcarle el único punto del duelo. La presión también resultó mayor porque era el abanderado de la delegación a esos juegos y no podía fallarle a Fidel ni al pueblo; en tanto se convirtió en el primer oro de Cuba en esa confrontación. Recuerdo todavía las palabras de Fidel en el recibimiento: “¿Cómo te sientes, Héctor? ¡Tremenda pelea!, pero tú guapeaste más”.

—Entremos ahora en un tema apasionante: tus duelos con el ruso Alexander Karelin.

Cuando me dijeron que debía pasar a la división de 130 kilogramos sabía que chocaría con él, pero nunca he tenido miedo y acepté. El primer enfrentamiento fue en el mundial de 1993, cuando no tenía peso ni fuerza para hacerle frente. Sin embargo, le aguanté toda la pelea y no pudo hacerme esos espectaculares movimientos que acostumbraba a realizar con todos los luchadores de su categoría. Al año siguiente, él organizó un match de retadores en Moscú, donde ofrecían dinero para los ganadores y perdedores. Uno de sus entrenadores me dijo antes de empezar el combate que si llegaba al final, aunque perdiera, recibiría la suma como si hubiera ganado, pues Karelin se había propuesto ganarme antes del límite del tiempo. Y perdí, porque era un fuera de clase, pero sin que pudiera voltearme.

—Ese mismo año, él te entregó todos sus reconocimientos ganados en el campeonato mundial, ¿cuál fue el motivo de esa actitud?

Esa vez chocamos en las eliminatorias y salí a comérmelo porque era la tercera pelea contra él sin haberle podido ganar las dos anteriores. La rapidez para mi peso siempre fue un arma con buenos resultados y esa vez la aproveché a tal extremo que llegué a tener a Karelin en posición de volteo. Y en ese mismo instante, el entrenador Pedro Val me gritó suéltalo, suéltalo, porque tenía una lesión que de haber terminado el movimiento hubiera sido fatal para mi salud, aunque hubiera obtenido la primera victoria sobre el ruso. Él parece que apreció esa acción como juego limpio y me dio al final todo lo que ganó. Se hizo amigo mío y más nunca nos enfrentamos pues bajé de nuevo a los 100 kilos por mis problemas en la rodilla.

—¿Cómo explicas lo sucedido en los Juegos Olímpicos de Atlanta cuando ibas por tu segunda corona y ni siquiera saliste a discutir el quinto puesto?

El momento más desagradable de toda mi carrera. Es cierto que salí un poco confiado, pero el arbitraje hizo de las suyas y no reflejó dos puntos claros que le marqué a un luchador sin mucho rango. El combate debió finalizar 2-1 a mi favor y al perder por un fallo que muchos consideraron injusto, incluido yo, le pedí al entrenador descanso, pues estaba muy afectado psicológicamente y no quería hacer un papelazo. Sí, la final olímpica de 1992 fue el momento más difícil y a la par más alegre; lo de Atlanta representó el dolor más grande de mi vida porque la preparación había sido más completa que cuatro años atrás.

—¿Se te quitaron las ganas de luchar después de ese hecho?

Sí, aquello me afectó muchísimo. Tanto o más que las lesiones en la rodilla que iba sufriendo. Nunca volví a ser el mismo Héctor, y las ganas de luchar se apagaron poco a poco. El muchacho que pensaba ser como el desaparecido Raúl Cascaret (doble campeón mundial en la década de los 80), amigo de Reinaldo Peña, de Filiberto Azcuy y de todo el equipo; amante del baloncesto y del atletismo, empezó entonces a pensar en el retiro.

—¿Y cómo queda en la memoria del natal Taco-Taco, el recuerdo de Ángel Milián y el atletismo soñado de niño?

En Taco-Taco soy un ídolo. La gente no me deja caminar por las calles, y cuando estoy 15 días sin pasar por allá enseguida me siento mal. Debo confesarte que soy penoso, pero en ese lugar están las amistades de la infancia y toda la familia, por eso cambio un poquito. Todas las medallas ganadas se las dediqué a la memoria de mi tío, pues asumí el papel del deportista de la casa.

“En lugar de luchador hubiera preferido el atletismo, porque disfrutaba correr y además porque soy fanático a los deportes de tiempos y marcas, donde se imponen récords hasta que alguien los rompa un día, algo que no sucede en la lucha, donde puedes tener todos los títulos como yo, y si no es por una entrevista como esta nadie sabe qué hacemos, cómo pensamos, cuál es nuestra historia”.

El brindis con la bebida preferida, vodka, pone fin al diálogo. Para sus hijas Jennifer y Maciel, su madre Antonia —que nunca asistió a una competencia de su hijo, excepto en los Juegos Panamericanos de La Habana 1991— , para su esposa, sus hermanos, los luchadores y para toda Cuba, el “rey Héctor” no ha muerto. Y por su salud eterna brindamos todos.

 

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