554829_616835481679522_797263639_n Por Rudens Tembrás/Trabajadores    Foto: César A. Rodríguez

El repicar de los balones sugirió el camino. Una simple pregunta habría bastado para llegar a su gimnasio sin el menor extravío, pero aquel resonar mañanero, intenso y ordenado, encajaba perfectamente en el perfil de nuestra entrevistada, una camagüeyana de carácter riguroso, aunque amable, asequible, risueña.

Sentada en su banquillo, concentrada, calmada, seria, hallamos a Cándida Rosa Jiménez Amaro, quien ha dedicado los últimos 41 años a la enseñanza del voleibol en la EIDE agramontina Cerro Pelado. Su carrera está llena de triunfos deportivos y personales, aunque ninguno más notorio que la entrega al equipo nacional de figuras descollantes como Mireya Luis, Yumilka Ruiz, Tanía Ortiz, Idalmis Gato y otras.

 

Un largo y distendido diálogo nos ocuparía buena parte de aquella mañana…

¿Cómo se vincula al deporte?

A los 11 años de edad fui captada para la EIDE Cerro Pelado, de Camagüey, por suerte del destino y gracias a la Revolución cubana, que puso para los cubanos el deporte como un derecho del pueblo.

Mi profesor fue magnifico entre los buenos, Roberto Ponce, quien es el protagonista de que yo practicara y amara el voleibol. Me enseñó desde esa edad a gritar con orgullo Camagüey, a defender mi provincia y mi deporte, en general a defender mi identidad.

Dice que llegó al voleibol gracias al destino. ¿Por qué?

Un día salí de la escuela primaria y un señor me estaba siguiendo. Llegué a casa aterrada y se lo dije a mi madre, quien salió urgentemente en mi defensa. Entonces Ponce le dijo: Señora, cálmese, soy entrenador de deporte y vi el somatotipo de su hija en educación física. Aquel hombre se sentó a ver un turno de educación física y determinó que mi característica era aceptable para el voleibol. Yo estaba en la cocina de mi casa cuando mi mamá me llamó: “sale que te quieren conocer”.

Ponce me midió y dijo que saltara, porque yo tenía buen despegue. Luego le dijo a mi madre que yo tenía buen futuro para el deporte de voleibol. Yo no conocía nada de aquel deporte, todo lo aprendí en la EIDE bajo la dirección de mi entrenador.

¿Cómo logra llegar a la preselección nacional?

Fui compañera, gracias también al destino, de Mercedes Pomares, en los equipos de la antigua provincia de Camagüey. Mi ingreso al Centro de Alto Rendimiento (CEAR) Cerro Pelado ocurrió luego de discutir la medalla de oro contra la provincia de Santiago de Cuba en la categoría 15-16 años, a finales de la década de 1960.

En esa oportunidad me faltaban cuatro días para cumplir mis quince añorados años, y las agramontinas realizamos una proeza inolvidable: al salvar una pelota, la pasadora fue detrás de mí para apoyarme, pero al yo girar con rapidez me partió debajo de los ojos, lo cual repercutió en cuatro puntos de sutura. Todavía tengo la cicatriz.

El médico del evento, celebrado en la Mariposa del Fajardo, suspendió la actividad, me atendió y le dijo a Ponce que yo tenía que abandonar la cancha, porque mi lesión era de puntos. Yo le dije que ni muerta salía del terreno, que terminaba el partido. Fue así como me captaron para el Cerro Pelado.

Al yo hacer eso, mi equipo estaba por debajo en el marcador y Mercedes Pomares expresó: “Cándida tiene la cara partida, nosotros estamos perdiendo, pero esta medalla es para nosotros y para Cándida”. Ponce determinó no sacarme y a partir de ahí fuimos ascendiendo y ganamos.

Fue la primera vez que mi nombre fue escrito en un periódico: “Camagüey gana medalla de oro, con una jugadora llamada Cándida que con sangre elevó el nivel volitivo y moral de su equipo, y cogieron la supremacía en el voleibol nacional. Eso para mí fue determinante.

Comprobé, cuando regresé a mi provincia, lo que mi madre, muerta hoy y viva siempre, me decía siempre: “¡Cómo quieres al voleibol!”, porque eso repercutió en que no hubo fiesta de 15 años, ya que tenía un parche en la cara. Sin embargo, la fiesta para mí fue aquella medalla colgada en el pecho. En esa ocasión seleccionaron a Mercedes Pomares directamente para el equipo nacional, por ser la jugadora espectáculo, la jugadora determinante en nuestro equipo, pero también me gané el derecho de probar mis habilidades en el Cerro Pelado.

Su estancia en la preselección nacional fue efímera…

Ingresé en el año 1969 y en 1972 comencé a ser entrenadora, con solo 18 años de edad. Se me propuso trabajar aquí en la EIDE Cerro Pelado. No era licenciada, como ahora, sino una ex atleta de la preselección nacional que por problemas personales debió dejar la cancha para cuidar a su padre, quien perdería la vida tiempo después.

Ponce me dijo que una voleibolista tan buena y apasionada iba a ser capaz de transmitir mucho de lo que le quedaba como jugadora.

Fíjese si aquella combinación de profesor-atleta fue profunda, que nueve años después de llegar a la EIDE, Ponce me propuso empezar allí mismo una iniciación con alumnas principiantes en el voleibol camagüeyano.

¿Cuán difícil fue enfrentarse a la labor de entrenadora con tan poca edad?

Muy difícil y fácil a la vez. Ese primer día temblaba, cuando me presentaron ante un grupo de niñas inquietas, principiantes. Recuerdo que las miraba y me preguntaba qué decirles. Entonces hice algo básico que repito hasta nuestros días: “Buenos días, yo me llamo Cándida Rosa Jiménez Amaro, tengo 18 años, estoy frente a ustedes porque quiero invitarlas a jugar el voleibol de la forma en que a mí me enseñaron, con mucha entrega, con mucha pasión, pero por encima de todo con mucha disciplina. Quiero enseñarlas a ser ganadoras de por vida, pero para eso hay que tener disciplina, unidad, amor a la provincia, al municipio, a sus padres y compañeras”.

Al terminar las niñas empezaron a aplaudir. Fue una de las experiencias más emocionantes del inicio de mi carrera. No sé cuál será la despedida, pero el inicio fue ante unas niñas aplaudiendo y diciendo: “profe, vamos a hacerlo”.

Aquella captación inicial, en la que estaba Tanía Ortiz, la hizo Ponce. Él me prestó a su selección y como no tenía la documentación en ese instante les pregunté el nombre a cada una, las invité a sentarse y dialogamos. Comenzaron a hacer preguntas y comprendí que se trataba de una actividad fácil si uno se entrega.

¿Cuál ha sido su filosofía como entrenadora de voleibol, cómo hace el balance entre condiciones físicas, habilidades y actitud?

Cuando me preparé profesionalmente, ya titulada y con experiencia, comencé a hacer las captaciones adecuadamente. Lo primero que busco, por encima de todo, es la actitud del deportista. Me refiero a cómo enfrenta la prueba de ingreso a la EIDE, siempre soy detallista en eso.

Yo tuve la suerte de tener frente a mí a quienes serían después grandes figuras. Y cuando llegaba ante mí el grupo de niñas miraba a aquellas sedientas de entrar, interesadas en hacer lo necesario para ganarse el puesto, para poder practicar el deporte. Busco la motivación interna, el compromiso, que se nota apenas comienza la captación. La actividad que se realiza sin amor no tiene fruto. El entrenamiento es duro, de mucha entrega y sacrificio, siempre digo que el entrenador lo da todo en la formación, pero quienes definen son las muchachas.

Es recurrente hallar jugadoras que dominan más una habilidad que las otras. Atacan, pero no pasan; bloquean, pero no reciben. ¿Es una consecuencia de la manera en que se enseña el voleibol actualmente en Cuba?

Estoy convencida de ello, es así. Cuando yo aprendí tuve la exigencia de hacerlo todo bien, y eso es lo que exijo como entrenadora. A través de estos años nunca clasifiqué a las niñas altas como centrales, a las bajitas como auxiliares y a las gorditas como pasadoras. Pongo la tarea deportiva y todas tienen que cumplirla. Así ocurre con el pase, el recibo, el ataque, etc. Realizo un trabajo general de tres meses, en que todo el mundo debe aprenderlo todo. A mi me ha dado resultado esa estrategia, porque cuando las jugadora han sido captadas para el nivel nacional pueden ser utilizadas en varias posiciones, de acuerdo a su somatotipo, pues dominan la técnica.

¿Cuándo debe comenzar la especialización de las voleibolistas?

Depende de la categoría y de las características propias de cada jugadora. Este es un deporte colectivo, lo que significa engranar las individualidades como una maquinaria.

Mireya Luis ha narrado que estuvo tres meses voleando, haciendo imitación de ataque, recibiendo contra la pared, y no es mentira. Pero así fuimos medallistas de oro varias veces, mientras que otras provincias especializaban desde el principio. Es verdad que en los primeros meses del curso me ganaban todas las competencias preparatorias, pero la lid fundamental la ganaba Camagüey.

Cuando está preparado el material yo doy el molde. Defino las posiciones sobre el principio de que cada muchacha puede sustituir a la otra en los diversos trances de juegos. Una atacadora puede pasar y viceversa. Todo el mundo debe ser voleibolista.

Hay equipos en la universidad que a veces necesitan un pasador y encuentran a un muchacho o muchacha que estuvo años en la EIDE. Sin embargo, suele decir que no puede pasar porque es atacador. ¡Qué triste! Ahí veo la responsabilidad de los entrenadores, porque a veces la premura de la especialización está motivada por querer adivinar visualmente el futuro de los deportistas. Sin embargo, el trabajo técnico te dice que estás frente a una jugadora de otra posición. La talla no alcanza para definir estas cosas. Siempre les doy la oportunidad a todas y me la doy a mi misma, para equivocarme menos.

Eugenio George plantea que el 70 por ciento de las camagüeyanas lo saben hacer todo: reciben, pasan, atacan, bloquean, dominan los movimientos, demuestran que se les ha enseñado.

Tania Ortiz, Mireya Luis, Idalmis Gato, Yumilka Ruiz, cada una de esas estelares debe tener su historia de los inicios…

Fue una etapa muy bella en lo profesional y lo humano. Yo era una entrenadora muy joven junto a niñas que parecían mis hermanas. Tengo que hablar de esas cuatro jugadoras y otras muchas como Mirta Luis, la hermana de Mireya, quien no fue titular olímpica, pero gracias a ella tuve la oportunidad de preparar a Mireyita.

En aquel entonces había más material deportivo que ahora. Cada vez que mis niñas salían de pase yo les daba pelotas para que jugaran en el barrio, en la cuadra, y eso ayudaba a la masificación y a la calidad de las captaciones.

Tania llegó toda jerarca, muy alta, servía para atacadora central, para auxiliar, sin embargo cuando voleó era la mejor. Desde que entró demostró su clase en el voleo y cuando comencé a especializar definí fuera la pasadora.

Mireya, Tania, Yumilka, Idalmis, Mirta, Liana Mesa, Daimí Ramírez, María Ferrer del Valle, Ana Lidia Martínez y otras son las Morenas del Caribe agramontinas. Todos los años ganábamos por el esfuerzo, por la unidad, por la amistad que logramos. Entrenábamos sábado y domingo, mañana, tarde y noche. Yo hasta embarazada venía a entrenar.

Hay una anécdota tremenda sobre la captación de Mireya Luis…

El destino y su hermana Mirta Luis la pusieron en mi camino. A Mireya la EIDE le costó cuatro saltos. Nadie es perfecto, yo no lo puedo ser, era una entrenadora joven y estaba en una captación muy grande, muy alta, muy linda. Entonces llegó aquella niña tan pequeña, a mi que no soy alta me daba por la mitad del pecho, y me plantea: “yo soy la hermana de Mirta, quiero hacer la prueba”. Le dije: “bueno, mi vida, el deporte es derecho del pueblo, usted es una niña muy linda, te vamos a hacer la prueba”. La medí y tenía 1:48 metros de estatura. Me quedé mirándola y pensé que como Mirta era una gacela, ella tenía que crecer igual, pero sabía que por el proceso de captación no tenía talla para entrar a la escuela.

Se me ocurrió decirle que tocara lo imposible para mí, en una cátedra tan alta como esta (tipo pre en el campo): “Si tu tocas el techo yo te entro”, le expresé. Me dijo “Ah, está bien” y en ese instante yo cometí la falta de respeto humana, no me apena contarlo, de no mirar el salto de Mireya. Sin embargo, sentí el toque y su alegría diciendo: ¡Lo toqué, lo toqué!

Rápidamente pensé: lo tocó, no lo vi, pero lo sentí. Miré el techo, la miré a ella y tuve el valor de decirle: “Mi vida, tu me puedes disculpar, no vi cuando tocaste el techo. Será mucho pedir que vuelvas a tocarlo”. Yo temblaba porque no había nadie en nuestros alrededores.

Mireya volvió y sin casi esfuerzo tocó el techo. Yo miraba el techo y a ella, nuevamente. Atónita le dije: “mi vida, tu puedes volver a saltar”, porque quise mirar el despegue. Otra vez saltó y vi todo ese despegue natural, sin ningún tipo de trabajo técnico, porque ella se voleaba con Mirta Luis, pero no corría ni hacía otras cosas.

Le orienté que fuera a donde estaba el profesor Kiki (Enrique César Larrazaleta Dorta), mi esposo actual, y le dijera que la pusiera de primera en la lista de los captados. Mireya fue para allá y se lo dijo. Aquel hombre me miró preguntando si yo estaba borracha o loca. Y yo muerta de risa le repetía: “ponla, ponla, ponla”. Kiki era el jefe de cátedra y vino a decirme: “Cándida, esa es la hermana de Mirta, pero mide 1:48. Lo interrumpo y le digo: “Kiki, tocó el techo”. Y me respondió: “a ti la comida te cayó mal”. Le repetí: “Kiki, esa niña toca el techo”, pero no lo creía.

Me viré para Mireya y la reté nuevamente: “Mira dice él que tú no tocas el techo. Está diciendo que soy una mentirosa”. Ya no sabía como convencerlo. Y Mireya volvió a tocar el techo y fue la primera en el listado.

Ahí se nota la volitividad de Mireya, la grandeza, el coraje, su confianza como atleta.

Seguramente hubo personas opuestas a que se trabajara con aquella pequeña jugadora…

Vinieron muchas demostraciones del salto de Mireya, porque en verdad no tenía la talla para ser matrícula de la EIDE. Junto a mi esposo y otros compañeros expresamos que el talento no era solamente el tamaño, sino también las habilidades y lo psicológico. Mireya era un talento psicológico, jamás decía “no sé hacer algo”. Ella se planteaba aprender y lloraba y sufría cuando no lograba hacerlo en el día. Cuando terminaba los entrenamientos se quedaba jugando en el albergue y me exigía venir el fin de semana para practicar lo que no había podido aprender.

Ese brillo en los ojos, esa ansiedad, esa sed de aprender, de no conformarse jamás me hizo defender la permanencia de Mireya en la escuela.

¿A qué punto llegó la discriminación? 
Llegaron a decirnos que Mireya debía salir de la EIDE, lo que mi esposo y yo planteamos que si ella se iba nosotros también. Y sucedieron otras cosas a nivel provincial y nacional: darle a Mireya la condición de mejor atacadora en un evento, frente a mujeres de mayor estatura, se entendía como una ofensa, era degradar a otras atletas.

Viviste la amaga experiencia de perder un hijo, pero la fuerza de Mireya te obligó a seguir cerca de ellas…

Perdí un bebé a los seis meses de nacido y recuerdo que Mireya vino a pedirme que fuera con ellas al campeonato nacional 13-14 años, celebrado en La Habana, “para ganar la medalla de oro”. Mi niño falleció en marzo y en mayo fue la competencia en la EIDE Mártires de Barbados. En el partido final íbamos perdiendo, pedí tiempo y les dije: “Al llamado de hijas vivas dejé el dolor de perder a mi hijo biológico hace dos meses. Nunca pensé que fueran a perder con La Habana”. Mireya empezó a llorar, bajo la vista y mi esposo me comentó: “Ahora si vamos a perder, porque les hablaste con mucho sentimiento”. Le respondí que hablé como ellas están acostumbradas.

Mireya preguntó en ese instante si se podía atacar desde la zona cinco y le respondí que atacara desde donde ella quisiera, pero que necesitábamos ganar. Y así ocurrió. Yo saltaba como una niña. Eso da una idea de que la técnica es fundamental, Mireya pudo hacer aquello porque técnicamente estaba muy trabajada.

La primera vez que afirmó que Yumilka Ruiz sería la sucesora de Mireya la requirieron…

Es cierto, el director del INDER en Camagüey se acercó preocupado no fuera yo a herir a Mireya Luis, al compararla con una niña de 14 años. Me sonreí y le dije: Conozco a Mireya, soy parte de su formación como atleta y persona. Ella es incapaz de ofenderse porque compare su clase con una niña que viene subiendo ahora.

¿Por qué lograste predecir que Yumilka sería el relevo natural de Mireya?  

Eugenio George me malcrió un poco, decía que yo tenía ángel para descubrir figuras. Tanto él como su difunta esposa, Chela, siempre me felicitaban por el trabajo técnico que realizaba, lo digo con satisfacción. Un día Eugenio me pidió un relevo para Mireya, porque iba llegando el final de su carrera y por teléfono le dije que no se preocupara, que lo tenía.

Poco después estaba un domingo en mi casa, con los trajines de la casa, y llegó mi esposo diciendo que el equipo nacional iba a entrenar en la Polivalente Rafael Fortún, con motivo del torneo los Cuatro Grandes, y que Eugenio quería ver al relevo de Mireya.

Partí a buscar a Yumilka, que estaba jugando bolas en la calle y le dije: Yumi, vamos, que está el equipo nacional aquí y Eugenio mandó a buscarte para ver porque yo digo que tu vas a ser la sustituta de Mireya.

El regalo moral de Mireya para mí, cada vez que finalizaba una olimpiada, eran las zapatillas con que jugaba. Yo pensaba darle a Yumilka aquellas zapatillas, para que no hubiera una diferencia con las estelares en ese sentido, pero le dije a Yumi: “te iba a prestar mis zapatillas, que son las de Mireya, pero vamos para que luches las tuyas. Yo confío en ti, de lo contrario no partiera contigo ahora.

En el equipo nacional estaban por aquel entonces Magali Carvajal, Regla Bell, Regla Torres, Mireya, Idalmis, en fin todas las estelares. Las recuerdo sentadas esperando por Yumilka, junto a Eugenio y el difunto Ñico Perdomo.

Cuando entramos al tabloncillo todo el mundo se empezó a reír. Yumilka era muy delgada, con 1.78 metros de estatura. Hasta Eugenio se rió a su estilo, tapándose la boca. Luego se acercó y me comenta: “Cándida, yo pensaba otra cosa, pero tú me trajiste ese cuje…” Y le respondí: “bueno, Eugenio, usted confía en mí y yo también. Escúcheme: yo le traje el relevo de Mireya”. Entonces me respondió: “Bueno, muy bien, no lo dudo, me reí porque está muy delgada”.

Eugenio formó a la selección y Ñico presentó a Yumilka: “estábamos esperando a esta niña porque dice Cándida que va a ser tu relevo, Mireya. La Luis solamente expresó: “si ella lo dice, no lo dudo”.

Yumilka miró al equipo nacional con tranquilidad, porque todas mis alumnas conocen la historia y el esfuerzo de las granes jugadoras cubanas. Yumilka sabía lo que le costó a Mireya llegar, y también conocía que Regla Torres casi no sabía jugar cuando entró en el Cerro Pelado.

Además mis alumnas entrenan como mismo se compite. La competencia es fuerte, con palabras fuertes de los entrenadores y del adversario. La competencia es irónica porque el adversario pone en las gradas a personajes para reírse de las atletas, de su apariencia física. Yo las preparo contra la risa, contra las palabras obscenas, contra un árbitro que se equivoca, contra el frío, contra el hambre, contra las situaciones adversas.

Yumilka estaba preparada para aquello cuando Eugenio le dijo: “Cómo tu sabes calentar y ya estas mujeres se olvidaron de cómo se hace eso en la EIDE, usted va a dirigir la carrera inicial”. Yumilka empezó a correr y Mireya le decía “Oye, niña, suave, suave”. Y Eugenio decía: “a paso de la niña escolar. Todo el mundo corriendo”.

Eugenio, Ñico, Calderón y Garbey empezaron a rotar a Yumilka. Voleó como una de ellas, recibió como una de ellas, hizo ataque y defensa. Y cuando llegaron a la red, que sonaron los ataques de Mireya, Regla, Magali… fue impresionante. Pero cuando Yumilka saltó supe que no me había defraudado, atacó más suave, pero con la misma riqueza técnica y salto vertical que aquellas estelares.

Vi a Eugenio y Ñico caminando hacia Yumilka y temblé de emoción. Ñico le enseñó el paso cruzado cuando se ataca por la zona cuatro y Yumi requirió dos ensayos para hacerlo bien. La sucesora había llegado.

¿Cómo supiste que Yumilka había sido aceptada?

Nos fuimos del entrenamiento sin que nos dijeran nada. Por la noche fuimos a ver el partido Cuba vs. Japón y se acercó un periodista diciendo lo siguiente: Eugenio y Chela me mandaron a entrevistarla para que me explique cómo apareció Yumilka, vamos a publicarla bajo el título “Buscadora de talentos”.

Expliqué ese día que Yumilka nunca podría jugar el voleibol de Mireya, ni Mireya el de ella. Cada persona es individual, diferente, aunque había un factor común: el deseo de llegar al equipo nacional y el dominio de habilidades con las cuales se crecían para ser eficientes.

¿Cómo vivió las grandes victorias de las Espectaculares Morenas del Caribe?

Con una satisfacción muy grande, me sentía representada en cada acción de ellas. Todas son admirables. En el plano personal estoy muy comprometida con el voleibol. Cuando fui voleibolista ya existía una Nelly Barnet, una Emelina Borroto. No sé por qué, pero las agramontinas encajan muy bien como capitanas. En la historia del voleibol cubano hemos tenido cuatro capitanas camagüeyanas.

Cada vez que veía los juegos olímpicos, los campeonatos mundiales, reflexionaba sobre lo que me faltó por hacer para que Mireya jugara mejor. Disfrutaba cada tanto, victoria y premio. En cada partido sentía el compromiso para continuar.

Siempre estoy dispuesta a buscar el relevo de las Morenas actuales. Yo nací para llevar a las deportistas al equipo Cuba.

¿Por qué se perdió la continuidad de los maravillosos equipos que nos representaron hasta los Juegos Olímpicos del 2008?

La volitividad de las jugadoras cubanas cambió totalmente. Es cierto que variaron los cuerpos técnicos, pero asumieron otros entrenadores de calidad; y las condiciones de trabajo pueden ser mejores o peores, pero lo más importante es el deseo de las jugadoras. Cuando ellas no se entregan es imposible avanzar. Yo no veo al equipo Cuba con el grito fuerte de victoria, con la convicción de que “no vamos a perder”.

Las Espectaculares Morenas del Caribe llegaron al equipo nacional con respeto y admiración hacia sus predecesoras. Venían a mejorar aquella obra, o al menos a intentarlo, con un sentido de pertenencia inmenso. No excluyo la responsabilidad de los entrenadores en la crisis actual, tenemos el deber de desarrollar las capacidades físicas, mejorar los elementos técnico-tácticos, pero la combatividad, el coraje, la entrega, la disciplina depende de las muchachas en buena medida.

¿Siente que ha disminuido el gusto de las niñas por el voleibol?

No lo creo, aunque hay opciones que atentan contra el deporte. A las mujeres esbeltas se les han abierto campos muy dignos como el modelaje y otros, lo cual exige una formación integral que contrarreste los abandonos. Urge que las jóvenes vean al voleibol como lo hicieron nuestras tricampeonas olímpicas, con la convicción de ser sus continuadoras.

Existe debate sobre el sistema de juego a emplear: 6-2 o 5-1…

No puedo dar un criterio concluyente al respecto. Para eso tendría que haber pisado la arena internacional, apreciar en directo el nivel mundial, pero jamás he integrado la dirección técnica de un equipo nacional. Sin embargo, pienso que Cuba merece escoger su sistema, y si ha sido victoriosa con el 6-2 tiene derecho a defender ese estilo.

¿Cuántas pasadoras utilizas?

Dos pasadoras (se ríe), porque quien olvida su historia está condenado a revivir los mismos errores. Si las Morenas fueron tricampeonas olímpicas con el sistema 6-2, entiendo que Eugenio está defendiendo volver a tener esos resultados. No obstante, ratificó que la actitud de las jugadoras es lo que nos está impidiendo ganar es.

¿Qué cuestiones de principios valora como muy importantes en este sentido?

Hay que dejar en la escuela nacional a aquellas jóvenes que jueguen el voleibol por Cuba y para Cuba, amén de todas las dificultades existentes. Las captaciones deben priorizar a quienes estén comprometidas. No obligar a nadie a continuar si está demostrando en cada entrenamiento que venir con un cuarto lugar es razón para reclamar prebendas o vacaciones.

Mireya ha dicho que cuando perdíamos un set les quitaba el pase, no para castigarlas, sino para superar el problema que nos impidió ganar. Lo curioso es que nadie se quedaba disgustado, porque lo hacíamos para ganar. Hoy falta ese compromiso, y eso me mantiene activa en defensa del voleibol femenino cubano.

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