foto-2 Había una vez un país cuyo equipo de Voleibol femenino fue capaz de inscribir su nombre -con mayúsculas- en la historia del deporte de la malla alta.

Quien escribe, creció al calor del legado de ese equipo del que habla este relato. Seguramente muchos lo recuerdan porque inspiraba el respeto y la admiración de todos a su paso. Un conjunto que, con méritos sobrados, y por la gracia del bautizo oportuno de René Navarro, es recordado como las Espectaculares Morenas del Caribe.

Las páginas escritas por aquellas generaciones de estelares jugadoras parecen salidas de un cuento de hadas. De uno de los clásicos; de esos que en su trama encierran mil vicisitudes pero que terminan con un final feliz. Y es que no había otro colofón para estas historias marcadas por la calidad y el talento que emanaba la escuela, la grandiosa escuela cubana de voleibol.

Hoy, el país -que es mi Patria- se revuelve entre retazos de glorias pasadas. De aquel equipo y de su legendaria historia, solo queda el recuerdo; vigente en la mente de los que -como yo- no han querido rendirse ante la realidad contemporánea.

Hace ya un buen tiempo que el voleibol (en ambos sexos) ha ido a menos. El empeño ha muerto a los pies del intentar salir a flote ante la escasez de recursos y la inexistencia de una estructura que garantice la continuidad competitiva. Así es imposible coexistir en el primer nivel.

Yo lo acepto, aunque me confieso amante de los pasajes heroicos de nuestro deporte, de aquellos esculpidos o contados desde cubierta en el “Cerro Pelado”. Siempre he gustado de estar del lado de los que se quedan a luchar por sus sueños desde dentro, una posición mucho menos cómoda pero, a la postre, mucho más ejemplarizante. En fin, que pondero el sistema deportivo cubano, ese que en Barcelona demostró su valía. Pero a la vez comprendo que por lo justo y masivo de su concepto, amerita mucho dinero puesto en el empeño de llevarlo adelante. Recursos con los que hoy, lamentablemente, no contamos. Por ello toca tomar decisiones, que aunque duelan, son la única vía para sobrevivir, o resurgir si valoramos el caso.

El profesionalismo se lo traga todo, y a su vez, impone nuevos retos y supone una constante perfección. Es una utopía el querer estar a la altura del deporte mundial sin contar —al menos— con los medios imprescindibles para ello.

El torneo de voleibol femenino de los juegos olímpicos fue extremadamente aleccionador. Por primera vez en la vida miré sin demasiada pasión cada partido y comprendí a cabalidad, por qué Cuba no estaba allí.
Hiere reconocerlo, pero la selección que tenemos no llegó a esa instancia porque en cancha no es capaz de mostrar los argumentos necesarios para llegar allí. Los Juegos Olímpicos es el evento que marca la cúspide del movimiento deportivo mundial.

Del voleibol que llevó al país de mi cuento a tener la mejor jugadora, el mejor entrenador y el mejor equipo del siglo (pasado) hoy no queda nada, …ni la estirpe. Basta con mirar en cualquiera de las incursiones de nuestras chicas en el último año para darse cuenta de cómo, tras cada punto fallido, la espectacularidad de aquellas historias de antaño rodaba cuesta abajo.

¿UNA CAUSA PUNTUAL?

Podría ser la falta de motivación. En cada mente debe perdurar el ejemplo de jugadoras como Mireya o Regla, quienes, aunque vinieran de soportar el paso de “carretas y carretones” por encima de su cuerpo, salían a la cancha a fajarse por el respeto y la vergüenza de ser cubanas. Ahora, no podemos llegar a comparar. Son otros los tiempos que corren y estas nuevas generaciones requieren de otro tipo de incentivos. El irremediable paso del tiempo, combinado con la diaria y eterna perfección del rival, nos ha sacado de la elite de un deporte en el que solíamos reinar y con soberana autoridad.

¿LA SOLUCIÓN?

Abrirse al mundo es la que todos piden, y esta es solo la más fácil de las variantes que podemos tomar. Las alternativas existen y habrá que buscarlas o dar el brazo a torcer (sin que por ello dejemos de ser fieles a los preceptos del deporte revolucionario que han sido nuestra razón de ser), si fuese necesario pues solo así habrá otra vez para el voleibol cubano. Un deporte que fue motivo del orgullo nacional y que hoy está a punto de quedar en -y sin- nada.

Rio 2016 está a la vuelta de la esquina, y presiento que Cuba es la única fuerza capaz de poner distancias entre la hazaña de las Espectaculares Morenas del Caribe y ese Brasil impetuoso, que en calidad de anfitrión, buscará igualar la triple corona olímpica consecutiva. Claro, que para convertirnos en “las villanas de Copacabana” (otra vez, recuerden la final de los Panamericanos de Río 2007) habrá que echar mano a toda la potencia nacional que habita ahí fuera y que sería pieza clave, si definitivamente decidimos acometer dicha misión.

Por lo pronto y con las esperanzas tratando de encontrar la puerta de salida, dejo toda la pasión en estas líneas y trataré de dormir con la ilusión de poder despertar un buen día con los argumentos para acotar el “…y vivieron felices para siempre” que suele acompañar los cuentos que, como este, tuvieron por comienzo el célebre “Había una vez…”.

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