Teófilo Stevenson

Poco después de la épica victoria en los Juegos Panamericanos de Indianápolis, donde nuestra delegación obtuvo 75 medallas doradas sobreponiéndose a las provocaciones extra deportivas organizadas por la mafia cubanoamericana, cayó en mis manos el libro Teófilo Stevenson. Grande entre los grandes, del periodista Manolo Cabalé, publicado en 1980 por la Editorial Orbe.

Todos en la familia conocían mi devoción por los temas deportivos -unido a un interés cada vez más creciente por temáticas históricas y geográficas-, lo que hizo a mis padres obsequiarme textos sobre el apasionante universo atlético. De esa manera me adentré además por aquellos meses, por citar apenas uno ejemplos,  en las páginas de Alberto Juantorena: astro y ejemplo, de la autoría de Enrique Montesinos; en la exquisita obra de los maestros Elio Menéndez y Víctor Joaquín Ortega, Kid Chocolate. El boxeo soy yo; y en el conocimiento de un voluminoso estudio acerca de  los Juegos Centroamericanos, como la competición regional más antigua de la historia. Experimenté, al mismo tiempo, una insatisfacción que todavía recuerdo, cuando por razones ajenas a la voluntad de mis progenitores, no pude acceder a las Memorias de los Juegos Olímpicos de Moscú 80.

Curiosamente estos pasajes de mi infancia, cumplí diez años semanas antes de la hazaña lograda en el certamen multideportivo celebrado en la capital del estado de Indiana, volvieron a mi mente con nitidez inusitada, al escuchar en la emisión estelar del Noticiero Nacional de Televisión del lunes 11 de junio, en la voz del locutor Antonio Nápoles, el desgarrador anuncio del fallecimiento en la tarde del gran campeón.

Estoy seguro de que en sus hogares cientos de miles de cubanos se vieron inmersos en situación similar, desde la óptica de recordar a Teófilo vinculado a momentos significativos de la vida de cada uno de ellos. Y esa es una de las cualidades que deseo resaltar del ídolo tunero: la familiaridad que entrañó su conducta de profunda cubanía, acendrada en  las espectaculares victorias sobre el ring,  para los habitantes de la mayor de las Antillas.

Dotado de condiciones físicas excepcionales, y de una técnica depurada que lo convirtió en ícono dentro de los pugilistas súperpesados, Stevenson trascendió los cuadriláteros boxísticos para convertirse en símbolo del deporte revolucionario, capaz de elevar a jóvenes de procedencia humilde al Olimpo de los inmortales de la actividad muscular.

Desde que irrumpió en los escenarios competitivos fue fácil percatarse de que se trataba de una figura irrepetible, privilegiada en el dominio del golpeo en todas las direcciones -se afirma que los exponentes de la Escuela Cubana de Boxeo realizan disertaciones desplazándose con ritmo danzario en cinco “distancias”-, que con cada subida al encerado se agigantaba aún más. ¿Cuántos internacionalistas en Angola, Etiopía, Nicaragua y otras muchas naciones no ascendieron a lo más alto del Turquino escuchando, a través de las ondas de Radio Habana Cuba, la descripción de sus éxitos resonantes en las peleas que sostenía con oponentes de cualquier confín? ¿Pudo alguien atrapar en cifras la intensidad telúrica que despertaban los derechazos del “Teo”, entre aquellos que veían en la potencia de sus puños la fuerza inapagable de todo un pueblo?

A “Pirolo”, como le decían sus allegados, nada lo apartó de la raíz. Ni ningún periplo por paisajes foráneos lo distanció de la esencia cultivada en su natal Delicias. Nunca olvidó las enseñanzas de su padre (arribó a Puerto Carúpano en 1923 procedente de la vecina Isla de San Vicente) que se vio obligado a trabajar como carretillero y estibador en el central para garantizar la alimentación de la familia. Tampoco los consejos de mamá Dolores, que con el paso de los años no dejó de ponerse nerviosa ante cada combate del muchacho. Y eso, al final, era más impresionante en él que su diestra demoledora quebrando la mandíbula de Duane Bobick, en Múnich 72´ (posteriormente el norteño ganó más de treinta peleas como profesional, llegando a discutir incluso el título heavyweigh), o doblegando al rumano Mircea Simon, cuatro años más tarde en Montreal, y al soviético Piotr Zaev en la memorable justa moscovita.

Su fidelidad a toda prueba rebasaba kilométricamente la robusta anatomía. Por eso en el corazón neoyorquino, en los predios del mismísimo Madison Square Garden, con la velocidad de sus ganchos tirados al hígado, antesala de la diestra fulminante que haría diana sobre el mentón del oponente, contestó a un periodista que todo el oro del planeta no  era comparable al cariño de millones de coterráneos que lo alentaban en cada subida entre las cuerdas.

Específicamente contra púgiles estadounidenses tuvo palmarés fenomenal. En el tope bilateral escenificado en la Gran Manzana doblegó a Jimmy Clark espectacularmente, convirtiéndose el fornido atleta en el octavo hombre de ese país que sucumbía ante sus puños. Un integrante de esa relación, John Tate, tiempo después de ver a “Teo” alzar sonriente el brazo en la justa olímpica canadiense, tras propinarle  nokaout transcurridos solo un minuto y veintinueve segundos del round de apertura, se coronó como titular planetario profesional, al vencer por puntos al sudafricano Gerry Coetze. En San Juan 79´, Rufus Hadley,  y Alex García en Reno 86´, entre otros, también se quedaron con las ganas de maniatar al gigante de ébano cubano.

Contra la coraza que le proporcionaba saberse embajador de la buena voluntad de su gente se estrellaban lo mismo “Esperanzas Blancas”, que blasfemias de todos los colores. En el plano atlético siempre fue caballeroso con los contendientes,  reconociendo incluso cuando alguno lo superó en buena lid. Rara experiencia consumada por Igor Vitsoski, que por cierto jamás dudó en calificar las dos victorias frente al nuestro (la primera de ellas en el Cardín efectuado en Santiago de Cuba, en julio de 1973 y la segunda en el certamen organizado en Minsk, Bielorrusia, en marzo de 1976), como las mayores epopeyas de su vida.

En la órbita de los principios fue implacable con los energúmenos que intentaron mancillar la obra edificada por millones. Por ello descargó sus antebrazos de acero ante quien osó ultrajar el himno, la bandera y el nombre de nuestro máximo líder.

Un cuarto de siglo atrás no habría imaginado que un día estrecharía la mano del inigualable rey del golpeo, experto de igual manera en esquivar con filigranas esgrimísticas las embestidas de los adversarios. Ni siquiera sospechaba en aquellas jornadas, cautivado por el judo, que acompañaría a Stevenson al III Foro Social Mundial de Porto Alegre, efectuado en tierras canariñas en enero del 2003.  Como no podía pasar por mi mente que atendiendo a un dirigente de la juventud comunista rusa debería, antes que todo, actualizarlo sobre la vida del también tri campeón universal -además de fungir como abanderado de las comitivas antillanas en tres convocatorias estivales, a Stevenson correspondió similar honor con las delegaciones de casa asistentes al X y XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes celebrados, respectivamente, en Berlín y La Habana en 1973 y 1978-,  porque su padre era fanático del oriental y no le perdonaría retornar sin una foto junto al legendario emperador de los guantes.

En todos esos intercambios, y en otros múltiples que sostuvimos, aprecié invariablemente el entusiasmo  de quien no ha dejado de conmoverse por lo que realiza. Quizás “Teo” nunca llegó a aquilatar la huella que dejaba a su paso por una pequeña comunidad rural, o cuando se paseaba por las gradas del Latinoamericano. Precisamente la última oportunidad en que conversé con él fue durante el partido final del play off, entre los “Leones” de la capital y los “Cocodrilos” matanceros. Aquella noche casi no podía dar un paso, pues era aclamado por los aficionados que repletaban el Victoria de Girón yumurino.

Quedamos en vernos en su hogar para conversar sobre los “pronósticos” de cara a Londres, urbe que lo escogió, junto a los imprescindibles de todos los tiempos, para colocar su nombre en sitios especiales de la ciudad. Una cardiopatía traicionera -jamás esa dolencia habría retado frontalmente siquiera el jab de “Pirolo”- arrancó de cuajo la posibilidad de que sus seguidores nos acercáramos para interrogarlo sobre las potencialidades de la actual escuadra del “buque insignia” del movimiento deportivo cubano.

Cuatro años atrás coincidimos en Calzada y K, ante la repentina muerte de Jimmy Davies, basquetbolista prominente de la generación dorada de los 70, y médico que en el período reciente había dedicado todas sus energías a la promoción de salud en el África austral. Teófilo, emocionado ante el cuerpo inerme de su compañero que recibía el homenaje de varias generaciones, no pudo contener las lágrimas y rompió a llorar como si se tratara de un infante que ha perdido a su padre.

Esa imagen que quedó atrapada en mi retina por aquello de que “cuando un hombre llora hay que hacer silencio”, es la misma que he visto por doquier en esta horas, brotando los sollozos ora de los rostros curtidos de obreros portuarios, de féminas trabajadoras en la salud pública, o de bisoños competidores que pondrán en alto nuestra bandera bajo los cinco aros.

En todos los casos reflejan, rara cualidad de los manantiales que se deslizan por una mejilla, el doble significado de la consternación por la pérdida irrecuperable de un mástil de la dignidad caribeña, en tanto certeza de que un ejemplo de esa estatura se acrecienta en el tiempo, entre otros motivos porque no se apartará del corazón de quienes lo conocieron físicamente, ni de los que escucharán sus hazañas contadas por los que tuvimos el honor de estar a su lado.

Por Hassán Pérez Casabona

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